Si miramos a los días pasados, comprobaremos la tremenda semana que hoy finiquita. Comenzamos con la controversia respecto a la manifestación en Colón: ¿éxito o pinchazo?, debate habitual entre organizadores y administradores, pero con un paso más, la descalificación. No es este debate el motivo de mi reflexión de hoy y cada cual es libre para elegir un posicionamiento ideológico, siempre que respete al de enfrente.

Hemos continuado con el rechazo -¿moción de censura indirecta?- de los PGE. Los socios de antes, traidores al Gobierno anterior, se han convertido, supuestamente, en los nuevos traicioneros de la operación urdida en su día con el señor Sánchez para el ascenso de éste a la Moncloa y cuando escribo estamos a la espera de fecha electoral, con la convicción personal de que ZPedro sorprenderá a todos.

Por fin, el proceso. Comenzó en el Supremo el juicio -nunca imaginado- a esos protagonistas del esperpento permanente que supone aparentar una posición y ejercer lo contrario en un constante ejercicio de modificación o adaptación, según conveniencia, del relato de los hechos con una carga de victimismo y sentimentalidad constantes incompatibles con los afanes de supermacismo y xenofobia de la que han venido haciendo gala.

Sin embargo, lo gratificante, lo bello, lo genial… lo que pone en evidencia la mediocridad de los dirigentes, son actos como el protagonizado por Alfonso Aramburu en la Fundación J. M. Flores, al enriquecernos con su conferencia sobre Vázquez Díaz. Todo un regalo de aire fresco y virtuosismo frente a tanta absurda tensión social.

No hay que descubrir a Alfonso, solo quiero expresar mi orgullo por tenerlo como paisano y mi agradecimiento por su obra, su sentido solidario y, sobre todo -es algo de lo que yo, también pretendo presumir, tal cual es, su dependencia personal- y como no tengo su virtuosismo, ni la habilidad literaria de mi hermano Eduardo en su comentario sobre la última obra desinteresada de Alfonso, simplemente les digo que los presentes tuvimos la suerte de asistir a toda una excepcional clase de dibujo, expresando allí, en directo, una recreación de cómo habría dibujado Vázquez Díaz a día de hoy aquellos motivos que casi nunca dibujó: barcos, imágenes sagradas, figuras femeninas (a excepción de su mujer), además de incluirnos reproducciones de los frescos rabideños y como colofón, ponerlos a disposición del público y las donaciones dirigirlas a las Hermanas de la Cruz. Una doble obra pues, la artística y la caritativa que engrandecen, aún más, la figura -sencillamente, genial- de Alfonso. Muchas gracias conciudadano.

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