N O me gusta el carnaval. No lo puedo valorar porque mis conocimientos sobre el mismo no van más allá de (blasfemia) de seguir llamando disfraz al tipo (esto lo sé a base de recibir collejas dialécticas domésticas). En casa en estas fechas ya debería estar sonando el ritmo carnavalero mientras aprovecho para ponerme al día de las series pendientes con mis auriculares puestos. Los esfuerzos de mi pareja por adentrarme en ese mundo no tuvieron éxito alguno. De hecho, (blasfemia de nuevo) el Falla cuando lo vi no me pareció para tanto.

Lo digo a diez días de que comience la cuaresma. El próximo 17 será miércoles de ceniza. Es el relevo que marca casi el final del invierno para abrir las puertas de la primavera. Sin llegar al grado de cofrade, reconozco que lo disfruto mucho. Me gusta ver a mi ciudad con vida. Semana Santa y Carnaval son celebraciones dispares tanto en su fondo y como en su forma, pero necesarias. Te gusten o no. Como lo es el Rocío, el Recre cada domingo, las Colombinas, las cruces de mayo o la Cinta. Todas las volveremos a disfrutar de nuevo. Lo importante es que cuando lo hagamos no tengamos que echar en falta la compañía de nadie.

Del salvemos la Navidad nos seguimos acordando todavía. La tercera ola fue un tsunami que por sus dimensiones nos ha golpeado a todos sin distinción. Estamos en febrero, llevamos ya tres semanas de restricciones, sufrimiento, datos terribles y consecuencias que nos recuerdan cada día Salud con ese parte frío detrás del cual hay duras tragedias personales. A nadie se le ha ocurrido insinuar siquiera un salvemos la Semana Santa. Sería una irresponsabilidad enorme. Produce una pena tremenda pasar por la Gran Vía o la plaza de las Monjas sin ver la estructura de los palcos. Pero volveremos a disfrutarlo de nuevo.

Y dicho esto, si estuviera en mi mano hacer lo más mínimo por ayudar a quienes viven con pasión el Carnaval o tienen en su celebración anual su modo de vida haría lo que fuera. Pero la realidad es muy dura. La pandemia no conoce de fechas, calendarios ni tiene consideraciones. Si queremos salvar al carnaval (y a la Semana Santa, al Rocío, las romerías en nuestros pueblos, al fútbol cada domingo, las Colombinas, la Cinta o las cruces de mayo) quizá no haya mejor forma de hacerlo que garantizando una sociedad que pueda vivirlo en 2022.

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