Enhebrando

Manuel González Mairena

Ruta virtual

Paseo por las calles de mi barrio y me sorprende la silueta de las grúas. Majestuosas. Gigantes estructuras metálicas. Seres mitológicos, diosas de la construcción. Donde ellas están, se eleva una promesa de hormigón. Casi transparentes, tubulares formas geométricas, y su imponente fuerza. Discuten con las nubes por el protagonismo del paisaje. En ese mismo camino, en el trayecto de las extraescolares de martes y jueves, saco una fotografía. Barrotes, una ventana abierta, una habitación desnuda, una malla en el techo que recoge escombros caídos de la planta superior y tejas de lo que fue un techo, ahora abierto a la intemperie. Entran lo mismo la luz que las palomas, el aire que la lluvia. El retrato me parece extrañamente hermoso, así que lo subo a mis redes sociales con un texto sencillo, breve, casi un epitafio del edificio: belleza, caos y derrumbe.

Lo verdaderamente triste del caso es que donde vivo esto se haya convertido en un hábito completamente aceptado; emergen grúas y mueren construcciones a su lado. Y una foto así, de cadáveres de ladrillo, es fácil hacerla en multitud de inmuebles. Esta ciudad trata con mimo el abandono. Olvida con carisma edificios que se amontonan como juguetes de otro tiempo en un cuarto infantil. Están a la vista de todos pero no están. Es un prodigio.

Cada cual puede añadir su propio testimonio. Un grotesco itinerario. Si avanzan por esta avenida pueden ver la que fue oficina principal de Correos, donde taparon las bocas de sus leones-buzones para después decapitarlos. En el casco histórico no duden en visitar el edificio de Hacienda o la antigua sede de la Policía Nacional en el Paseo de Santa Fe, sempiternas promesas de reforma. Si desean viajar a ninguna parte, tienen la oportunidad de ir a una tapiada estación de trenes. Y como aquí no damos abasto, contemplen los restos del Mercado de la Merced, o el magnífico solar-aparcamiento donde durante más de un siglo se erigió el anterior edificio del Mercado del Carmen. Pero si quieren más plazas de aparcamiento, vayan donde estuvo el Estadio Colombino. Si acaban presos de la nostalgia, su lugar, sin dudas, será la cárcel vieja. A esta sucesión podríamos añadir más enclaves urbanísticos o el continuo expolio consentido que sufren los hallazgos de la historia tartésica, romana, árabe o ancestral. Turismo de lo macabro. Como ir a ver un volcán devorando casas. Abrasando la ética. Aquí tenemos el volcán de la indiferencia, incandescente y móvil.

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