Tras los resultados de los pactos para la composición de las distintas corporaciones, asambleas y comunidades, sea cual sea su perspectiva de gobierno en el futuro, el espectáculo al que hemos tenido que asistir de componendas, cambalaches, trueques, canjes, regateos, chantajes y traiciones, no sólo ha evidenciado el continuo estado de confusión en el que se desenvuelve la política de España sino que ha aumentado el grado de desprestigio de muchos de nuestros políticos, dispuestos a cualquier trapicheo con tal de hacerse con el poder. Lo cual patentiza que para ellos priman sus intereses por encima de las de sus pueblos, ciudades, regiones o la propia España. Y ese es también el penoso resultado de nuestros votos, que depositados a favor de un partido, han ido a beneficiar al que detestamos.

Son muchos los que vociferan a pleno pulmón que aquí se han acabado las mayorías absolutas y el bipartidismo, dando por bueno que hayan brotado como por ensalmo nuevos partidos que han venido a conmocionar el cotarro político, para no renovar nada y para terminar comportándose exactamente igual que lo han hecho, en líneas generales, los que les han precedido. En un ámbito de tantas contradicciones, siempre concernido, estragado o amenazado por los indeseables nacionalistas excluyentes y retrógrados, estos partidos que han acabado -no del todo- con el bipartidismo, que tanto contribuyó al bienestar democrático y a los mejores años de nuestra joven política constitucional, en lugar de contribuir al bienestar y la estabilidad, han logrado contrariar nuestra convivencia, suscitar insolubles problemas, crispar y plantear los controvertidos escenarios que contemplamos estos días.

Y en la refriega aún inconclusa, Sánchez mendiga apoyos a diestro y siniestro -nunca mejor dicho-; Iglesias, el bolchevique pedigüeño, implora ministerios, Ciudadanos, obstinado, indeciso, inmaduro, veletero impenitente, con el demonizado aliento de Vox en el cogote, soporta la impertinente e intolerable injerencia de Macron, que más debiera ocuparse de sus problemas, sus Le Pen y sus chalecos amarillos, que de lo que decidan -si es que deciden- los del color naranja. Y las especulaciones, a veces muy fundadas, no faltan: "Sánchez no quiere repetir elecciones y ordena contentar a los separatistas para asegurar su investidura" o plantear una reforma retroactiva "que suavice la pena de rebelión" a los golpistas catalanes. La responsabilidad de gobernar es sólo suya. Menos mal que aguas más apacibles discurren por Andalucía tras superar a trancas y barrancas las contrariedades presupuestarias y garantizar la rebaja de impuestos y la capacidad de gestión, eliminando administraciones paralelas, enchufismos costosos, paniaguados clientelares y otros onerosos chiringuitos que asolaron tantos años las maltrechas arcas de esta comunidad. Y sobre todo liberarnos durante el mayor tiempo posible de sobresaltos y sectarismos insoportables.

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