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República

Desagrada ver la tricolor enarbolada por gente que no parece a la altura de lo que representa

Según contaba padre cuando tenía la cabeza más ordenada, el hermano del abuelo había sido concejal del partido de Azaña en un pequeño pueblo de la sierra, donde los sublevados entraron a sangre y fuego en agosto del 36. El modesto edil, que tenía merecida fama de buen hombre, fue detenido pero logró eludir la represión, especialmente cruenta en la comarca, y acabaría exiliándose a México con parte de su familia. Uno de los hijos se quedó en España y fue acogido por los abuelos, que no lograron impedir que poco después falsificara la edad y se alistara como voluntario en la División Azul con la ingenua intención -no fue el único, por lo que hemos sabido- de pasarse al enemigo para poder reunirse con sus padres en América. Murió en Rusia, durante el asedio de Leningrado, y padre recordaba a menudo el día en que recibieron el certificado alemán, impreso en letras góticas, que acreditaba su sacrificio en la cruzada. El niño, que adoraba a su hermano mayor, se quedó obsesionado con la historia, sin entender muy bien las razones o llevándolas a un plano emocional en el que confluían el recuerdo del muchacho muerto y una confusa fidelidad hacia las causas perdidas. Las familias nunca volvieron a verse y la correspondencia se fue espaciando. Las cartas de los primeros años desaparecieron en una mudanza, pero padre conservó, como pecio o reliquia del tiempo viejo, una pequeña bandera republicana que aún vemos todos los días, clavada con chinchetas, en un ángulo del salón de casa. Heredamos esa devoción que en su caso no era exactamente política, pues como otros españoles que se pasaron todo el franquismo deplorando la falta de libertades, a padre, más de bares que de colegios electorales, no se lo ha visto jamás en las proximidades de una urna. De jóvenes llevábamos la enseña, malamente recortada, en la barra de la bicicleta, hecha con una cinta de las que se usan para colgar las medallas escolares a la que le habíamos añadido el lazo morado de una hermandad de pasión. Se veían pocas entonces y eso hacía que nos sintiéramos orgullosos, como poseedores de un secreto ignorado por la mayoría. Leímos mucho de los años de la República que siguen proyectando, pese a las sombras, una luz persistente, indisociable de la nostalgia por la España que pudo ser y fue derrotada ya antes de la guerra por la deslealtad, el sectarismo y la intransigencia. Desagrada ver la tricolor enarbolada por gente que no parece a la altura de ese legado, más aún en los aquelarres donde se diría que han olvidado que la bandera representaba y no ha dejado de representar, más allá de las afinidades ideológicas, al conjunto de la nación española.

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