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Reclinar el asiento

Todos vivimos apretados. Y todos tememos que alguien nos arrebate uno de nuestros minúsculos privilegios

El hecho ocurrió en un avión de American Airlines. Una mujer -una profesora que volvía de un congreso- quiso descansar un poco y reclinó el asiento para echar una cabezada. Pero el pasajero de atrás, un hombre muy alto que en ese momento intentaba comer -y que además ocupaba la última fila del avión, la más estrecha-, se molestó por el gesto y le pidió un mínimo de libertad. La profesora se negó. El pasajero empezó a golpear el asiento con la cabeza en señal de protesta. La mujer -indignada- empezó a grabar la conducta de su vecino de atrás. El vecino llamó a la azafata. La azafata dio la razón al pasajero que apenas podía moverse en su asiento y le dijo a la profesora que estaba prohibido grabar vídeos a bordo de un avión. La profesora lo interpretó como una desconsideración intolerable. Acusó de trato abusivo a la azafata y difundió el vídeo por las redes sociales (por cierto, ¿no debería llevar el móvil en modo avión?).

Lo que ocurrió después es fácil de imaginar. Inmediatamente los usuarios de las redes se dividieron en dos bandos irreconciliables. Una gran mayoría de mujeres se puso de parte de la pasajera y acusaron al pasajero de atrás de ser un pasivo-agresivo, un gilipollas y un maltratador. Y un gran número de hombres acusaron a la mujer de tocapelotas, de histérica, de faltona y de otras muchas cosas. La polémica, imagino, debe continuar a estas horas.

Pero ahí tenemos una metáfora inmejorable de nuestro mundo. Dos ciudadanos hacinados en el espacio casi inhabitable de un avión, incapaces de ponerse de acuerdo en una cuestión elemental de convivencia y provocando una discusión estúpida que se convierte, gracias a las redes sociales, en un programa de telerrealidad. Y en ese programa, todo el mundo se enfrenta a todo el mundo sin pensar en las razones de uno y otro pasajero y sin más guía moral que la tosca simbología identitaria del enfrentamiento: los varones heteropatriarcales contra las feministas histéricas, los privilegiados abusones contra los vecinos oprimidos, los invasores contra los invadidos…

Este es nuestro mundo, amigos. Todos vivimos apretados, angustiados, molestos, aprensivos, y todos tememos que alguien nos arrebate alguno de nuestros minúsculos privilegios (por mínimos que sean). No se hagan demasiadas ilusiones: los asientos son cada vez más estrechos.

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