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Mucho antes de que Obama hiciera famoso su ¡Yes, we can! o de que se convirtiera en pujante sigla de nuestra coyuntura política, ese grito - ¡Podemos!- tenía ganado sitio y sentido en la Historia. La escena la relatan, con mínimas variaciones, Marcos y Mateo e implica toda una reflexión sobre el verdadero compromiso que nos exige nuestra fe. Cerca ya de Jerusalén, los discípulos entienden que se aproximan los días de victoria, aquéllos en los que Jesús, el Mesías, asumirá el gobierno de este mundo. Conviene, pues, adelantarse, solicitarle al Maestro un lugar preeminente en la regencia del nuevo orden. Serán Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, quienes expongan (Mc 10, 35-39) tan humanísima ambición: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda". Jesucristo, supongo que con cierta decepción, les reprende al instante: "No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?". Entonces ellos, quizá comprendiendo al fin la inmensa carga que apareja lo que reclaman, eligen aceptarla. "Sí, podemos", contestan con una firmeza que el tiempo revelará sincera.

Hoy, en el inicio de esta semana de los misterios, Cristo nos hace a cada uno esa misma pregunta. ¿Estamos decididamente dispuestos a seguir los designios de nuestro Padre Dios? Cuando rezamos la oración que Él nos enseñó, ¿somos conscientes de que nuestra primera y principal demanda es que sea su Voluntad -no la nuestra ni la que nos interesa o nos complace- la que se haga? Tú y yo sabemos que a veces los caminos del Señor son tortuosos: en las horas negras, cuando la vida nos zarandea y nos hiere, ¿somos capaces de perseverar en la onerosa promesa de ese podemos? ¿Es Dios para nosotros existente o inexistente, bueno o malo, según nos soplen cálidos o gélidos vientos?

No ignoro la dificultad del propósito. Tampoco que las respuestas incumben a cada cual. Si acaso sí me atrevo a subrayar la trascendencia de lo que ahora vamos revivir: con su ejemplo, Jesucristo no enseña que tal singladura es posible, que Él la ha hecho asequible a nuestra flaqueza. Humanizándose, soportando la ignominia de una muerte horrenda e injusta, nos deja sin motivos para pensar que no podemos. Es su Pasión modelo y esperanza de incontables pasiones. Una nueva oportunidad, enésima y paciente, de que los ciegos vean, los sordos oigan y los débiles puedan.

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