¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Populismo marismeño

En la católica Andalucía sólo hay que ser pobre para llevar la razón. La presidenta Díaz lo sabe bien

Fue el periodista Carlos Mármol quien, con evidente mala uva e inspiración, acuñó la expresión "peronismo rociero" para definir la praxis política de Susana Díaz. La fórmula tuvo un éxito considerable en plumas y voces mediáticas, que suele usarla a menudo, aunque sin citar la autoría ni pagar copyright. El populismo, sea peronista o no, es un daño colateral de la democracia y raro es el político que no cae en sus redes cuando siente el aliento de las masas en el cogote, sobre todo en periodo de adviento electoral. Muy pocos actores consiguen pasar por el gran teatro de unos comicios sin tener que disfrazarse en algún momento de gañán. Con nuestros propios ojos sólo hemos visto una, Soledad Becerril, que conseguía el milagro de pedir el voto en un mercado de barriada con la misma altivez aristocrática que hubiese encargado el té en el Hotel Claridge's de Londres. El que llegase a ser alcaldesa de Sevilla puede considerarse como uno de los milagros de Fray Leopoldo de Alpandeire.

La mayoría de los analistas políticos coinciden en que Susana Díaz ha optado por una campaña de baja intensidad, lo cual nos parece un imposible. A la candidata socialista, como digna hija del pueblo andaluz (algo que se encarga de recordarnos continuamente), le pasa lo que a los gases y las divisiones panzer, que tienden a ocupar todo el espacio en que se encuentran. Si la presidenta tiene alguna virtud política es la intensidad. Prescindir de ella sería un suicidio. En esto tiene la escuela del PSOE histórico andaluz y, en especial, a su duunvirato refundador, formado por Felipe González y Alfonso Guerra. Con el primero se fotografió la pasada semana en El Rocío, con la ermita de fondo, que es algo así como el Monserrat del populismo andaluz. Si me llaman "peronista rociera", pues doble ración, debió pensar la lideresa. No es Susana Díaz mujer que se arrugue y, como Guerra en sus buenos tiempos, no hay nada que le guste más que una masa de descamisados dispuestos a defender sus prebendas de menesterosos. En los países andaluces, donde el catolicismo sigue fuerte, sólo hay que ser pobre para llevar la razón. La presidenta lo sabe bien.

Susana se retrata en las marismas con González, y Casado acompaña a Zoido (el gran populista-popular) al feudo trianero de la presidenta, donde se dejan fotografiar junto a una placera cuyo desparpajo hace las delicias de los presentes. Nadie se puede quejar de la abigarrada iconografía para el recuerdo que están dejando estas autonómicas.

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