Uno escucha, así a ratos para no enfadarse demasiado, el debate de los presupuestos en el Congreso de los diputados, y, al final, ha de apagar el aparato que le suministra las intervenciones de sus señorías, por pura vergüenza y también por hartazgo.

Porque, lo que se dice debate, no hay en semejante lugar ni de presupuestos ni de cualesquiera otras cuestiones de las que nos afectan como ciudadanos. Es curioso en qué cosa se ha convertido el templo de la palabra por excelencia, el ágora otrora necesaria en cualquier democracia para dilucidar a través del verbo, las desiguales formas de entender las problemáticas a resolver, para que exista un mayor bienestar en ese constructo que se denomina España y que a todos nos acoge.

Hay, y lo digo tal como lo pienso, un deslizamiento excesivo hacia posturas populistas que solo pueden llevarnos a la pérdida del respeto a la otredad, incluyendo en ese apelativo no solo a las personas sino también a las instituciones del Estado.

Desde el inicio de esta legislatura, que, a pesar de lo que imaginaban algunos, parece que se va a completar guste o no a unos pocos o a unos muchos, el lenguaje político ha subido de tono de tal manera, que, las más de las veces, está compuesto de barrabasadas, de insultos, de desplantes, de ninguneos, de insulsa oratoria, de guiños insustanciales y de discursos dirigidos no al diálogo y a la búsqueda del convenio o del consenso, sino a la elaboración de mensajes electorales dirigidos por los líderes exclusivamente a su bancada política y a rescatar si es posible, algún votante extraviado que se sienta reflejado en lo que los oradores de turno manifiestan.

No quiero imaginar siquiera la tensión que debe existir en los pasillos del Congreso cuando unas señorías se cruzan con otras. Debe ser de película. Cada cual encastillado en su estrategia partidaria, como si la razón le perteneciera en exclusiva, e izando la cabeza como un pavo cabreado por la cercanía de la Navidad, sabedor como es, de que se lo van a comer después de pasar por el horno y una vez confitado. Pues así andan las cosas y pareciera que no vayan a cambiar.

Odio. Hay odio en las sibilinas exhortaciones de algunos. En vez de partidos políticos parecen soldados enfrentados en una guerra -que no es la nuestra- y escondidos cada cual, tras su barricada ideológica. Y personalmente me avergüenza la explosiva actitud de sus señorías y su falta de atención a lo necesario, a lo concreto.

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