En tránsito

eduardo / jordá

Platero

CUANDO era niño, Juan Ramón Jiménez vio en Moguer, en las bodegas de su familia -que luego acabarían embargadas por el Banco de España-, cómo don Emilio Castelar, el gran orador de su época, se zampaba un kilo de habas enzapatadas en un pispás. Juan Ramón lo contaba en una de sus maravillosas cartas, y me he acordado de aquel kilo de habas cuando he abierto el ordenador y me he encontrado en la página de Google con un nuevo logo que homenajea al Platero de Juan Ramón, del que se cumplen ahora los cien años.

Juan Ramón escribió Platero con sus recuerdos de niño en Moguer, y por desgracia mucha gente se empeña en creer que su libro sobre el burrito es una apoteosis de la cursilería. Google, a juzgar por el relamido doodle que le ha dedicado, también cae en esta superstición, aunque Platero no es un libro cursi ni sensiblero, sino tierno y triste, y a veces incluso áspero y trágico. La prosa de Juan Ramón puede sonar afectada a veces, sobre todo cuando se recrea en los adjetivos y en los colores, pero Juan Ramón odiaba sobre todas las cosas la vulgaridad y la estupidez, y como sabía que la cursilería forma parte del mismo mundo de lo vulgar y de lo estúpido, evitaba todo lo que tuviera que ver con ella. Pero aun así, Juan Ramón sigue sufriendo la acusación de ser un cursi que abusaba de la melaza sentimental, cosa que hace que muchos lectores potenciales se aparten de sus libros.

Y eso es una lástima. No sé si los niños actuales leen Platero y yo -me temo que no-, pero ese libro, que fue escrito para los niños de hace un siglo, sorprende ahora porque contiene escenas que por su crudeza y por su impacto emocional muy pocos pedagogos actuales considerarían adecuadas para los niños del siglo XXI. Muchos pedagogos ilusos se empeñan en creer que los niños son seres angelicales a los que hay que ocultarles todo lo que el mundo -y los propios niños- tienen de cruel y de violento y de conflictivo. Juan Ramón, por fortuna, no pensaba así. Y por eso hay capítulos de Platero, como "El moridero", "El niño tonto" o "El fantasma", que hoy serían censurados por cualquier comité de lecturas infantiles si se presentaran de forma anónima. A fuerza de obsesionarnos con la corrección política, hemos retrocedido a una especie de papilla ideológica que pretende hacerles creer a los niños que el mundo es como debería ser en vez de como en realidad es. Por eso sería bueno que los niños -y los adultos- volvieran a leer el Platero de Juan Ramón, ese libro, sí, bello y terrible a la vez.

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