Acaba de comenzar una campaña electoral atípica por su coincidencia de inicio con la Semana Santa que va a suponer, en muchos territorios de España, una posible indiferencia ciudadana mucho más preocupada del periodo vacacional y las celebraciones religiosas en la calle. Ello obligará a los estrategas electorales a una agudización del ingenio y a una intensificación de la actividad en la segunda semana, dado que a las fechas hay que añadirle la alta proporción de indecisos que no van a tomar partido hasta el último momento, por lo que los mensajes, en concreción y claridad junto a la ausencia de errores en planteamientos, declaraciones y discursos van a resultar decisivos.

Ello es así por la alta polarización de las posiciones, la radicalidad en los argumentos y la contaminación populista en todas las formaciones que están teniendo su evidencia en la composición de las listas, donde han primado elementos de publicidad por encima de la responsabilidad de elegir a los, teóricamente, mejores ante la obligación de gestionar bien y gobernar adecuadamente ante un hipotético triunfo en el que no parecen pensar.

Yendo al grano, nos encontramos dos grandes bloques, representantes históricos del bipartidismo. Uno, el gobernante actual que ha perdido de forma clara su identidad, al pasar de ser Partido Socialista a convertirse en el Partido Sanchista por su rendición al culto a la personalidad de su líder, por momentos muy cercanos al caudillismo e instalados en un pragmatismo, de coyunturalidad absoluta, en el que se puede ir desde la incoherencia al relativismo sin solución de continuidad, cuando no es la indefinición el sustento de su discurso, adornado por una más que reprobable parcialidad en el manejo de los instrumentos mediáticos. Lo mismo dan la capacidad de recursos económicos estatales para promover los "viernes sociales" que presentar la eutanasia como una solución. Lo mismo da proponer relatores que escabullirse de un pronunciamiento sobre posibles indultos a los enjuiciados por el procés. El control llega al punto de que el propio CIS, del señor Tezanos, pone en duda sus propios resultados.

En el otro lado, el PP, que se ha instalado en la vorágine discursiva con una atomización del número de mensajes que acaban diluyéndose, no penetra en la masa social y ha obligado a demasiadas explicaciones conceptuales. Tienen una descuidada autonomía en los planteamientos con errores clamorosos, por excesivos individualismos, y una desmedida locuacidad, además de confundir sus adversarios reales.

Para mejorar, es imprescindible acotar y clarificar el mensaje con una reiteración permanente, basados en economía y problema territorial. Ya sería suficiente, en este atípico período electoral.

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