El domingo de Pasión, domingo del pregón de la Semana Santa en la tradición, el evangelio de la misa nos recordaba aquel pasaje en el que los escribas y fariseos llevaron a Jesús ante una mujer sorprendida en adulterio. Le recuerdan que, según la ley de Moisés, debían apedrearla, lapidarla. Para comprometerlo le preguntan: "Tú ¿qué dices?". Jesús, se inclina y escribe con el dedo en el suelo. Al insistirle, se incorpora y dice: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Y siguió escribiendo. Poco a poco los acusadores fueron disgregándose. Sólo quedaron la mujer y Jesús. Éste le preguntó: "¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?". Ella repuso: "Ninguno, Señor". Entonces Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más".

Aparte de la lección moral y de comprobar cómo en Jesús el sentido de la justicia siempre iba unido al de la misericordia, el perdón y la redención, se demuestra una vez más que los judíos cuando invocaban la ley generalmente se la aplicaban a otros y no aceptaban en ellos mismos su autoridad. Salvando tantas distancias a mí me recuerda como quienes demandan la imposición de la Ley de Memoria Histórica siempre es para adjudicársela sólo a los del otro lado, proclamándola por lo general con rencor, con exacerbado instinto vengador y revanchista y sobre todo fomentando propósitos sectarios, electoralistas o partidistas, muy lejos del perdón, la reconciliación, la concordia que instituyó el espíritu de la transición democrática enterremos con dignidad a quienes cayeron en la guerra incivil pero sin instintos vindicativos de odio y revanchismo.

Vivimos una Semana Santa plena donde no todo se reduce a una expresión luminosa y multitudinaria de procesiones, grandes cortejos penitentes, pasos de esplendorosa belleza artística que mueven al fervor y la devoción pero también a la admiración, el arrobo y la emoción ante una estética mística y ornamental. Y en esta unción entre lo bello y lo religioso, sobre todo a los protagonistas del drama sacro representando una singular y conmovedora liturgia urbana, que no les confunda el barroco y les llame a la reflexión. Porque en este punto muchos pueden ser los confundidos, sobre todo aquellos que no parecen conscientes del tesoro que custodian, del desdén con que tratan un vivero humano de tanta potencia espiritual, del ambiguo concepto de unos principios genuina y fundamentalmente religiosos.

La tradición, más heredada que asimilada en muchos casos, debe entrañar el verdadero sentido sacralizador de la conmemoración. Exaltar lo auténticamente religioso sobre toda ostentación, protagonismo, vanidad y sentimentalismo. Y practicar la humildad y la indulgencia sobre cualquier actitud adversa y discrepante. El perdón impregna y colma el espíritu de estos días santos como el eco conciliador de la palabra del propio Crucificado.

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