Hay quien piensa que noviembre es un mes triste dentro del calendario anual. Hay menos luz, las sombras llegan antes, el espíritu se nos hace más sensible a las cosas eternas, a la meditación interior, al estudio de nuestro propio ser.

Pasada la festividad de Todos los Santos y la conmemoración de los difuntos, volvemos nuestra mirada a esas alma inmortales, a veces innominadas, que no figuran en los altares de los templos, pero que quizás en el silencio de su desconocimiento se hicieron más grandes y sencillas en el camino rector a una santidad.

Al conmemorar a los que se fueron a otra vida , la eterna, el cielo llora en los recuerdos, el sol parece que apaga su luz de vida en nosotros y hasta oigamos una lejana campana que deja en sus lúgubres tañidos ese eterno homenaje que debemos a los que nos precedieron. Ellos dejaron en nosotros una impronta de ejemplo, de amor, de afecto y una bella estela de habernos enseñado lo que es la vida para ahora, en la distancia, acercarnos a meditar qué es la muerte.

Vivimos un mundo alocado que muchas veces disloca los conceptos más profundos y nos une el miedo a la muerte, a lo desconocido, al más allá que en lo humano vestimos de terror.

Siempre recuerdo como en lugares como México, esas Fiestas de los Muertos tienen un hondo contenido de realidad.

En nuestras tradiciones está haber llenado estos días los cementerios de flores en homenaje póstumo a los que allí descansan. Flores que muy pronto se marchitarán dejando tan solo unas huellas de lágrimas perennes.

Los creyentes tenemos otras flores más duraderas. Flores que permanecen en el corazón y dan savia al alma: nuestras oraciones, los sufragios, el rezo silencioso del verdadero acercamiento.

Siempre afirmamos que la muerte es invencible en el aspecto humano, en lo material, pero su victoria es efímera porque nos abre las puertas a un mundo de paz, de amor eterno, de presencia divina, de acercamiento en suma a un Dios misericordioso y paternal que nos espera.

Huyamos de la idea de asociar el mes de noviembre a la imagen triste de los cipreses, a sombra inquietantes, a tañido de campana, a flores mustias sobre tumbas solitarias. Cambiemos estos pensamientos por otros en celebraciones, como las que ya se van acercando que nos anuncian el nacimiento de un ser que viene a salvarnos por su resurrección. Aprovechemos al menos la ocasión para meditar sobre nuestra propia existencia. Ahí es donde puede estar el indicativo de un verdadero camino del triunfo de los mortales. Amén.

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