Se acaba de celebrar en París, con toda solemnidad, el centenario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, acontecimiento que, junto a la revolución rusa, llenó de desolación un lustro que había de marcar de forma indeleble el devenir del siglo XX. La humillación de la Alemania derrotada fue una de las causas de que el partido nazi llegara al poder con Adolf Hitler, cuya agresiva política nacionalista y expansionista provocó, solo una generación más tarde, la Segunda Guerra Mundial, el mayor de los conflictos bélicos de toda la historia. La cifra de diez millones de muertos en la Primera Guerra, entre 1914 y 1918, quedó pequeña ante los sesenta millones de caídos en la Segunda, entre 1939 y 1945.

Actualmente las cosas han cambiado. Ciertamente Europa ha vivido enfrentamientos crueles como la Guerra de los Balcanes, que llenó de desolación a los países de la antigua Yugoslavia en la última década del siglo pasado, y en Ucrania se mantiene una situación parecida a una guerra civil, alimentada por los intereses de Rusia y la Unión Europea. Sin embargo, hay que reconocer que la paz, aun contaminada con brotes de violencia que parecen imposibles de erradicar, predomina tanto en este continente como en América. La tragedia se ha trasladado a otros lugares de Asia y África, donde las guerras siguen causando centenares de miles de víctimas, muchas de ellas civiles que pierden sus vidas o se ven forzadas a un éxodo doloroso que en numerosas ocasiones les convierte en seres desarraigados y rechazados.

Pensamos que el proceso que llamamos civilización debería llevar implícito que el germen de violencia que, como un atavismo, todos llevamos dentro, estuviera controlado por nuestra capacidad de raciocinio. Ya el Imperio Romano, en los dos primeros siglos de nuestra era, disfrutó de tranquilidad interna y relativa calma en sus fronteras. La Pax Romana permitió progresos patentes en la economía y en la cultura. Pero quizá nuestra naturaleza contiene tendencias a ser dominados por bajas pasiones que, combinadas con el instinto gregario, son encauzadas por líderes carismáticos que pueden hacer desembocar a colectivos predispuestos, incluso a pueblos enteros, en conductas aberrantes. Ante esa eventualidad, nuestra lucha debe ser por la definitiva e irreversible Pax mundial, completada para cada uno con la conquista de la paz interior, la verdadera victoria.

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