Es asombroso, por no decir algo más llamativo, como la mayoría del país, la ciudadanía, asiste a este espectáculo del desconcierto, de la expectación más sorprendente, de un juego que parece más bien una tomadura de pelo, que algunos llaman bloqueo pero que no es más que una descarada pérdida de tiempo. Es como si presenciáramos un partido en el que el ganador -empeñado en unas elecciones-, pretende mantener el resultado, echa balones fuera, cuanto más lejos mejor, congela las jugadas, dilata el saque de las faltas y pierde el tiempo con la mayor impunidad ante una afición pasmada, absorta, enajenada, inerte, indiferente, resignada a admitir el resultado y a participar sumisa de sus consecuencias.

Negociaciones para consensuar -digámoslo así- un gobierno que era de cooperación, pero no, de coalición pero no y que ya, a estas alturas de tan larga y aburrida película, no sabemos de qué. En esas grotescas piruetas morales de la izquierda hemos oído de todo por parte de los negociadores: desconfianza, engaños, humillación, amenazas, chantajes, ese progresismo de diseño adaptable a cualquier propuesta y las inacabables discusiones sobre sillas y cargos. En realidad Podemos es víctima, como el país entero, de una tomadura de pelo. De una falta de entendimiento, lógico, entre dos ególatras y en que uno de ellos se cree una especie de heredero universal de la Moncloa, en lo que para colmo, muchos creen y le apoyan. Unas endebles credenciales, que de momento, le incapacitan para articular una mayoría absoluta y ser investido presidente. Pero no falta nunca el discurso unívoco y sectario por parte y parte.

El relato se repite y arrogándose la voz del pueblo insisten en que es el gobierno que los españoles quieren y quienes no estén de acuerdo bloquean la gobernanza. Patrimonializando el Estado debiera adoptarse también una decisión política que frene el independentismo nacionalista, decidido a la desobediencia en un nuevo reto y desafío a la justicia, lo cual es un delito. En las dos Repúblicas -¡Repúblicas!- que vivió España (1873-1874 y 1931-1939) se resolvió de manera legalmente expeditiva. Consúltese la Historia, no cualquier memoria instrumentada a capricho.

Pero esto, con ser uno de los, asuntos más graves que tiene planteados España, no preocupa al Ejecutivo, empeñado en un gobierno monocolor y en unas elecciones. La estrategia electoral viene preparándose desde hace tiempo. Incluso TVE y su administradora única, Rosa María Mateo -fervorosa custodia de lo políticamente correcto, dispuesta siempre a servir al que manda-, ha preparado el mecanismo y los cambios para articular las líneas maestras del dispositivo mediático. Y eso con un gobierno en funciones, con un proceso para la reforma en la administración de TVE, a través de un concurso público propio de una estabilidad política que por ahora aparece lejano y mítico y en una circunstancia de continua e implacable caída de telespectadores.

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