El guarán amarillo

Nicaragua, nicaragüita: la flor más linda de mi querer

Mauricio se señala el brazo con el dedo índice y me dice: "Ve usted, si coge un cuchillo y corta aquí, no sale sangre, sale sandinismo, pero del verdadero". Conduce un todoterreno que me lleva por Nicaragua, atravesando sus selvas y bordeando sus volcanes. Cuando el guía acaba con su retahíla de lugares comunes, él me cuenta lo que Unamuno hubiera llamado "la intrahistoria de los pueblos". Mauricio llegó a la guerra cuando solo tenía 14 años. Ese mismo verano, en cambio, yo había terminado 8º de EGB y andaba ilusionada con entrar al instituto para empezar el bachillerato. Me describe los horrores que vivió, cómo apenas podía andar atrapado por el barro, en medio de la selva, acosado por los mosquitos y eludiendo, a duras penas, la picadura de las serpientes. Me cuenta cómo pasaban un hambre atroz y apenas disponían de una mínima asistencia cuando el fuego enemigo los hería o mutilaba. Relata, descompuesto, cómo a veces tenían que avanzar sobre los cadáveres de sus propios compañeros, dejándolos atrás para que se descompusieran bajo la lluvia implacable.

"Nadie me reclutó", me dice, "yo fui a la guerra porque quise, porque me dolía mi pueblo y me dolía mi patria, porque no podía ya soportar más injusticia". Mauricio es profundamente cristiano y, como muchos otros nicaragüenses, no puede separar cristianismo y sandinismo. Para él, el sandinismo que aún corre por sus venas fue un instrumento desesperado para ayudar a los pobres, para acabar con la miseria y el analfabetismo, para sacar a Nicaragua de debajo de la bota de Somoza, quizás el dictador más codicioso de cuántos ha habido. Quería cosas normales y sencillas: un gobierno justo, elecciones, ir a la escuela, tener un médico en su aldea… No sabe si se equivocó, pero está seguro de que él no luchó para lo que luego vino. Era tan joven y sabía tan poco de política cuando acabó la guerra que no pudo entender que otras naciones presuntamente democráticas volvieran la espalda a Nicaragua alimentando una cruenta guerra civil. Y no pudo entender, tampoco, que algunos sandinistas acabaran traicionando sus propios principios para emular la conducta del enemigo que, con tanto sufrimiento, habían derrotado. Cuando me lleva a los alrededores de la casa presidencial en la que viven Ortega y su excéntrica esposa chamana, sus ojos vibran y se humedecen. "No era para esto", se lamenta.

Su vida, que me desgrana mientras atravesamos las riberas feraces del lago Managua, daría para una novela. La tierra se repartió entre los oficiales, pero no llegó a la tropa. Por mantener a su mujer y a sus hijos, fue inmigrante ilegal, agricultor, guardaespaldas y contrabandista y hasta llegó a dar con sus huesos en las cárceles estadounidenses. Trabajó, trabajó y trabajó.

Desde el mirador donde aún se alza la estatua de Sandino, miramos los dos, entristecidos, la desconcertante ciudad de Managua, devorada por la selva y por la historia, en la que Rosario Murillo deja puestas todo el año las luces de Navidad.

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