El Zurriago

La Navidad es un asco

"Te das cuenta cada año, cuando compras las bolas nuevas para el árbol y descubres que la argolla no entra en ninguna rama"

En realidad la Navidad es un asco. Te das cuenta cada año, cuando compras las bolas nuevas para el árbol y descubres que la argolla no entra en ninguna rama. Peor aún, si me apuran, son las que traen cuerdecita sin anudar. Te pones con la primera y a la segunda ya te dan ganas de lanzar el paquetito por la ventana y olvidarte del dichoso arbolito, porque es que, encima, luego lo sufres. El gato que las tira, los niños que las cogen para jugar al fútbol. Ni rozarte puedes. Te acercas a poner una bombillita en su sitio y zas, al suelo, con la consiguiente abolladura. Que digo yo que casi mejor que se rompan y ya está, porque después te tiras todas las navidades intentando quitar el bollito de las narices, lo cual es absolutamente imposible. Por no hablar de los villancicos. Antes te apañabas con una pandereta y el Pero mira cómo beben o Los Pastores, a la bin bon ban, pero ahora, si no los cantas por Mariah Carey o Michael Bublé y los bailas como Beyoncé no eres nadie. La Navidad es un asco porque te la pasas esperando paquetes de Amazon, soportando ruido de petardos, gastando dinero, esquivando comidas de empresa y felicitando a todo el mundo con el miedo en el cuerpo porque no sabes si con tu "Feliz Navidad" te estás convirtiendo en un fascista anti inclusivo sin darte cuenta.

La Navidad es un asco cuando te sientas a cenar y ves los sitios vacíos. Cuando miras a tu alrededor y caes en la cuenta de que este año no está tu abuelo, ni tampoco la abu ni sus vinitos. No está el padre que lo unía todo o la madre con su vaivén de platos y guisos. Faltan los tíos y sus ganas de fiesta y se echa tanto de menos al primo con su risa grande, voluminosa, que llenaba todo el salón. Falta un hermano. Un hijo que se fue antes de tiempo. La Navidad es un asco porque cuando te haces mayor descubres que tan solo es un recuerdo. Y te sientes triste porque sabes que es el recuerdo de algo que fue mágico, y lo echas de menos. Entonces miras a los que ocupan ahora las sillas. Ves sus caras, que son como fue la tuya cuando eras como ellos, y te percatas de que a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nuestros tíos les pasaba exactamente igual que a ti hoy. Que también veían sus propios asientos vacíos, sus propios fantasmas, y que, sin embargo, no permitieron nunca que entrara en casa otra cosa que la alegría. Porque estábamos los niños. Así que, aunque la Navidad sea un asco, ellos, los niños, se encargan de recordarte que tienes una herencia que transmitir. Apechugas. sacas la pandereta y cantas En el portal de Belén como si no hubiera un mañana. Por eso compras bolas nuevas para el árbol. Por eso tiras petardos y felicitas a todo dios por la calle. Por eso esperas impaciente los paquetes de Amazon, aunque te hayas gastado una pasta, o escondes bajo el chaquetón la bolsa con la penúltima compra de Reyes. Porque están los niños y tienes la obligación, la ilusión, de que un día, cuando ya no estés, recuerden, aunque sea con tristeza, que durante unos años vivieron las mejores navidades de sus vidas.

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