Hace días que te fuiste, Miguel. Unos días en que ya no quisiste dar más quites a la vida porque habías oído el tercer aviso para la eternidad. Habías completado ese círculo, más bien ese redondel, que fue durante nueve décadas tu camino de valentía, de afición, de saber hacer pasar bajo la muleta de las horas, los afanes, las ilusiones, las alegrías de cada momento y doblar, con estilo, a la fiera de los años que siempre nos atenaza con sus cuernos de peligros y dolores humanos. Hoy te veo como una figura especial. La de un torero de fama, de arte, de arrojo como ningún otro, que llevaste el nombre de tu Huelva querida, por todas las arenas donde tus zapatillas toreras hicieron quiebros a los derrotes de la bestia.

Pero por encima de la gloria taurina que te ganaste a pulso y muchos lo vimos desde el principio, yo ahora te veo y sueño cuando estábamos en aquel patio de los Maristas, jugando, en la calle San Andrés. Y en los recuerdos inolvidables de la juventud, donde estábamos aprendiendo las bases para vivir en el mundo de la fe y de la cultura, recuerdo lo que hiciste pasar al querido Hermano Eulogio, con tu naciente afición a las capeas por las fincas cercana a Huelva, cuando tu madre, venia al Colegio preocupada por tus tardanzas en llegar a casa.

Viviste una ciudad que ya te quería y adoraba antes de comenzar tu carrera. Un pueblo grande que soñaba hacer renacer en él la gloria de tu familia, el todavía candente entusiasmo en la fama de Manolito, tu hermano. Ibas creciendo en fortaleza y arte y tus amigos ,especialmente los miembros de la Tertulia castiza y torera de la calle Silos, te animaban cuando, con lagrimas en los ojos veían a un niño con un trapo y un palo en la mano que soñaba con ser torero. Y lo fuiste. Torero de fama y querido por su pueblo. Tus éxitos nos hicieron vivir a todos la alegría de una ciudad entera que compartía los premios de cada corte de oreja con aquellos atronadores cohetes que el bueno de Pepe Ramos, lanzaba al aire, como mejor telégrafo para dar buenas noticias a tus paisanos. Siempre, Miguel, guardaste tu estilo y compostura con tu carácter serio, enjuto de figura y blando de corazón enamorado de tu tierra choquera.

En Punta Umbría, junto a Conchita, encontraste un paraíso junto al mar como remanso del héroe El mar te arrullaba por la noche, cuando el sonido de las olas al besar la orilla, simulaban el murmullo de los tendidos asombrados de tus faenas en el ruedo. Quienes éramos tus compañeros de Colegio, seguimos siempre siendo compañeros orgullosos de tu amistad. Fuiste siempre, Miguel, una gran persona, sencilla, amable, de pocas palabras pero abundantes expresiones de corazón

Nunca, jamás, temiste al toro, aunque a veces este te hirió con saña. Tú eras el representante de una dinastía torera y regalaste a esta tierra tuya un descendiente más para la gloria taurina. Hoy, Huelva, la del cabezo de los sastres, la del barrio de San Sebastian, el tuyo y de la Merced, el mío, siguen oyendo en sus corazones de huertas familiares y brisas de marismas, el clarin de una fiesta nacional de la que fuiste para nosotros su mejor embajador.

Todos teníamos la esperanza de volverte a ver y estar de nuevo a tu lado, en el Club, en Punta Umbría. No pudo ser. El toro no pudo contigo, pero la marea de la vida, siempre tiene una bajamar, en los años que vivimos, para dejarnos al final la huella, hermosa y querida, de un amigo que hoy levanta la montera y brinda al cabezo del cielo, donde sube para recoger el mayor de sus premios: la gloria atada en una Cinta que fue siempre tu devoción y tu amor. Adiós, Miguel, hasta siempre. Tú sigues con nosotros. Con tu Huelva.

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