Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

Málaga cateta

Málaga inaugura mientras los melancólicos sevillanos buscan la cota de las Atarazanas y los gaditanos rezan a su neoaduana

Cuánto nos íbamos a reír. Los hijos de Fernando el Santo habían dado rienda suelta a su humor, los caricatos de la derecha ilustrada afilaban sus dagas quevedianas, los columnistas de a diario volvían a encontrar un filón para romper su monótona esclavitud, se meaban sobre los finos análisis, sacaban la brocha gorda a ver quién la tenía más grande y cada cual ajustaba sus cuentas con la historia a propósito de un arquitecto, Carlos Quevedo, que había osado a convertir una torre perdida de Villamartín, la del castillo de Matrera, en otro Ecce Homo de Borja. Un cachondeo de restauración pagada con la mariscada de Mercasevilla, la avidez regulatoria del Consejería de Cultura, los modernos, los progresistas y los puros de corazón de Hispania Nostra que se rasgaban la camisa como chiíes de Camarón, la juez Alaya y los ERE, un sacrilegio más sobre las tierras del Cid. Cuando su orgía finalizó, haítos de placer, se retiraron sabedores de que encontrarían otra víctima donde agotar su locura melancólica. Guardianes del pasado.

La restauración del castillo de Matrera acaba de obtener otro premio internacional de arquitectura, y ya van unos cuantos: en noviembre ha sido el American Architecture, en mayo pasado el Architzer y está nominado para una de las secciones del Mies van der Rohe. Los melancólicos otean con sus drones en busca de otros atentados, mientras la realidad, más silenciosa, se ríe de su ignorancia barroca y brillante de luces. De grana y oro.

Málaga, que nunca ha sido una señora de historia a la altura de una Sevilla, una Cádiz o una Habana, no deja de inaugurar museos, uno de la Thyssen, otro de Picasso, otro de los rusos y ahora este nuevo del edificio de la Aduana. Los melancólicos sevillanos aún buscan cuál es la cota exacta a la que se debe restaurar las Atarazanas como subterfugio para no dañar el pasado, que es a lo que se dedican las ciudades en decadencia. Y Málaga sigue inaugurando. En Cádiz, unos neófitos creyeron que el edificio de la aduana (lo siento, en minúsculas) debía seguir erigido, aunque su fea estructura tapone la salida, e inauguración, de la vieja estación de trenes restaurada. El 11 de julio de 1954, Diario de Cádiz criticaba que la construcción de este edificio imposibilitase abrir la fachada de la vieja estación al puerto, pero sus fieles van a rezarle aún hoy, en el siglo XXI, a la caída del sol por la Caleta. Y Málaga sigue inaugurando, pero las ciudades en decadencia se regocijan, calentitas, en la mesa camilla con una copita de anís.

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