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Luna llena

Cuando vi a aquellos adolescentes, me hizo gracia pensar que hay gente que los considera blandos y mimados

El otro día pasé junto a un grupo de jóvenes que escuchaban música frente al río. No era muy tarde, pero ya empezaba a anochecer y ellos estaban en las escalinatas, fumando y bebiendo y bromeando. No creo que ninguno tuviera los dieciocho años. Como es natural, escuchaban reguetón (está claro que cualquier otro género musical ha desaparecido de sus vidas, a no ser el rap). No hablaban mucho: miraban el río, miraban los móviles, algunos bostezaban y otros intentaban montar en un patinete que no sé si habían traído ellos o alguien se había dejado olvidado. No parecían particularmente felices, y ni siquiera parecían pasárselo bien, pero tampoco creo que tuvieran muchas alternativas. Y estar allí, frente al río, mientras se hacía de noche y pasaban algunas barcas corriente arriba, no era una de las peores cosas que les podían estar pasando. No parecían tener mucho dinero -estaban en un barrio de los que tienen mala fama-, y supongo que todos sabían que había cientos de sitios peores. Allí, al menos, soplaba la brisa y empezaba a asomar una gran luna llena, aunque no sé si se habían fijado en la luna llena. Ni siquiera sé si le daban importancia a que hubiera una gran luna llena brillando en el cielo.

Cuando vi a aquellos adolescentes, me hizo gracia pensar que hay gente que los considera blandos y mimados y consentidos. "No tienen resistencia, todo se lo han dado hecho y ellos encima protestan. Están hiper-protegidos y no saben hacer nada", dicen estos gruñones que añoran -por lo visto- el glorioso esplendor de sus años de juventud. Yo, desde luego, no querría cambiarme por estos jóvenes por nada del mundo.

Imaginemos su vida. Probablemente viven en una familia muy pequeña que difícilmente puede llamarse familia, con una madre o un padre al que apenas ven -o al que ni siquiera conocen-, y sin abuelos, sin hermanos, sin familiares próximos. Cariño y afecto han recibido poco, o ninguno. Todos saben que tendrán trabajos mal pagados -si los tienen- y que jamás podrán comprarse un piso a no ser que les toque la lotería. Saben que su vida no va a mejorar, y peor aún, se han resignado a que sea así. Y encima, se aburren en el instituto, se aburren en su casa, se aburren cuando salen y se aburren cuando vuelven. Y allí están, mirando el móvil frente al río, sin darse cuenta de que acaba de salir una hermosa luna llena de otoño.

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