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Cada año, por esta época, esperaba la llegada de las golondrinas a un patio de mi casa natal. Ellas me anunciaban que la primavera ya era un don de alegría que como una estación esperada el año nos regalaba. Los tiempos son otros y las golondrinas ya no tienen fecha fija para llegar a nuestros hogares, les pasa igual que a las cigüeñas que, tan enamoradas de Huelva, se quedan todo el año con nosotros.

La primavera me la figuro siempre como un poema que nace cada doce meses para recrearnos el espíritu en la grandeza de la naturaleza.

Hoy he vuelto a ver las golondrinas cruzándose en el cielo azul de Moguer. Moguer en primavera. Los versos de Juan Ramón siguen volando con ellas por encima de Santa Clara. La plaza de la Monjas resplandece en la gloria de la lírica blanca de luz y cal del pueblo. Por el trascoro del Monasterio suenan las pisadas de un trotecillo que todos conocemos. Sí, es Platero que sale a pasear en primavera. Un burrillo invisible que llena todas las maravillosas realidades poéticas de Moguer. Por cualquier esquina de esas calles "con la luz del tiempo dentro", se aparece, como un milagro querido y esperado la figura, alta, enjuta, con sus ojos perdidos en un soneto que para Moguer es como el evangelio de la prosa lírica más sencilla y maravillosa de la literatura andaluza.

Mis sufridos lectores ya conocen como cada año, al llegar la primavera, acudo a pasear por sus rincones llenos de sol, de aroma de viejas bodegas, de ecos de historia colombina y rezos de ángeles con hábito de monjas clarisas.

Cada año, Moguer me saluda con un verso por la calle donde nació el poeta. Por la casa donde están sus recuerdos de vida y su fama eterna. Yo no concibo la primavera de Moguer sin las golondrinas revoloteando junto a la cuna de Platero.

Todo es un poema hecho realidad en sus tradiciones, en los nombres de sus hijos que llenaron las páginas de la historia moguereña con aventuras y leyendas de versos inacabados. En lo alto de la cúpula del convento, en la plaza soleada de luces y de rimas, me figuro ver una nube con cuerpo de mujer. Es ella, la que amarró a Moguer al noray de la poesía. Es ella. Se llama Zenobia, la misma que abrió en los pinos de la Rábida, la más bella primavera para la vida del poeta.

La poesía tiene que ser la primavera de la vida, aunque sean muchos los años que esta tenga. Por eso, hoy vuelvo contigo, como cada año, cuando marzo sueña con votos marineros, sensaciones de procesiones penitenciales y brindis que por Montemayor presagian Rocío de romerías.

Doy gracias a Dios por volver a cumplir mi cita anual, con una nueva estación que permanece en nuestro corazón, cual una flor sin marchitarse, encerrada en el sagrario de las páginas de un libro que cantan a un pueblo, vivo de poesía y encadenado gozosamente a un poeta universal. ¡Ya estás en primavera Moguer!

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