El Zurriago

Kriptonita para los negacionistas

El sábado vi dos colas. La primera era un grito de esperanza. La segunda, una oda a la insensatez. Vergüenza ajena

Las colas tienen algo hipnótico, casi adictivo. Por supuesto que trato de evitarlas, supongo que como casi todo el mundo, pero cuando estoy, ya que estoy, las disfruto, oigan. Dependiendo del tamaño y de su función dan más o menos juego, claro. No es lo mismo la cola del súper que la de acceso a un concierto, ni es la misma la del puesto del mercado que la del súper. Cada una tiene su propia idiosincrasia, su propia fauna e incluso sus propias normas. Las colas son ecosistemas sociales. Mundos en miniatura que, lo digo en serio, habría que estudiar en profundidad si queremos conocer mejor a la Humanidad. Yo lo intento. Cuando me toca una cola me gusta observar a la gente. Miro cómo se comportan, los escucho y me invento historias. A ver, dicho así cualquiera pensará que estoy como una cabra. Tampoco exageremos: deduzco cosas por las cosas que hacen, como todo el mundo. Por ejemplo, si veo a una señora que está tratando de sacar la cartera para pagar la cuenta mientras sujeta el móvil con la oreja, la mejilla y el hombro, dando un montón de instrucciones que no entiendo, deduzco que es una mujer estresada, o que al menos está estresada en ese momento. Otro ejemplo: si un señor mayor se salta el control del que lleva la vez (que a veces son muchos) en la carnicería, deduzco que se va a liar porque al hombre se le ve cara de pocos amigos. Si a otra señora le cuesta contar el dinero para pagar, pienso que no debería ir sola al súper; o imagino lo bien que le irá en la vida a la que se coloca delante de mí porque "solo voy a comprar esto"; o escucho el debate de quejas y agravios de los cajeros y deduzco que el tema de los turnos no está muy bien gestionado en ese súper… Cosas sencillas, decía, que sumadas te dan una buena idea de a dónde se dirige el ser humano. A veces, incluso, saco mis propias conclusiones de una cola sin formar parte de ella. El sábado vi dos de esas colas. La primera era un pequeño grito de esperanza. La segunda, una muestra más de que el hombre camina cada vez más rápido hacia su extinción como especie. Una oda a la insensatez. Pura vergüenza ajena. En la primera, mi hijo y otros muchos niños como él esperaban para ponerse su primera dosis de la vacuna. Enanos de menos de doce años guardaban su cola con gesto valiente -ilusionado, si me apuran- mirando cómplices a sus padres y sus compañeros, como diciéndose entre ellos: "mirad, aquí estamos ya". En la segunda, decenas, centenares de personas que habían dejado de ser niños hace mucho esperaban también su primera dosis, solo que estos lo hacían con la cabeza gacha, como si no fuera con ellos. Pensaban, seguramente, que aquello era una vergüenza. O a lo mejor creían que se habían curado, ¡oh, milagro, volvían a creer! Habría de todo, imagino, pero un servidor, viéndolos desde el coche, lo que pensaba era que, fíjense qué fácil era, para derrotar a los negacionistas solo había que cerrarles los bares.

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