Hace un mes escribí uno de estos Surcos Nuevos con el título de Leer es vivir más. El de hoy pretende en alguna forma complementarlo con una invitación a la escritura. Si consideramos la Literatura como un arte para el que no todo el mundo está espléndidamente dotado, puede verse asimismo como un oficio sobre el que, con constancia, podemos adquirir un cierto dominio y que es capaz de proporcionarnos profundas satisfacciones. Esto es al fin y al cabo de lo que se trata para los que no tenemos aspiraciones, ni capacidad, para alcanzar un premio importante o el reconocimiento general del público lector. Habitar como ciudadanos de pleno derecho en el Reino de la Palabra requiere unos requisitos sencillos, pero inexcusables: el primero es adquirir, o al menos intentarlo, el hábito de la lectura; el segundo, animarse a escribir. Escribir es la otra cara que completa una moneda, que es la de curso legal en ese Reino irreal (valga la expresión con apariencia de paradoja, pero se trata de desmarcarse de otros reinos que habitan palacios en los que el único papel apreciado es el cuché).

También, como yo decía de la lectura, escribir es vivir más. Podemos establecer un paralelismo del binomio lectura / escritura con la gastronomía. Saborear platos exquisitos es un placer, como degustar un buen libro; pero meterse entre fogones para preparar un plato lleno de sabor y creatividad es entrar en otra dimensión, como trasladar desde la mente al papel o al ordenador ideas, vivencias, imaginaciones… Es participar, aunque sea en parte minúscula, en el mundo de la creación, privilegio de dioses.

Como sucedía con la lectura de tebeos o cómics, la escritura de un diario es para muchos la manera de iniciarse en la escritura. Es también una manera de preservar la memoria personal, un antídoto contra el proceso por el que, con el tiempo, se van desvaneciendo los recuerdos en el olvido implacable. Quien piense que no ha escrito nunca un diario y que es tarde para empezarlo, puede probar a redactar sus memorias. Si se decide a ello, verá cómo los primeros episodios del pasado que vengan a su mente, como si de un cesto de cerezas se tratara, van tirando de otros recuerdos hasta recuperar momentos que estarían condenados de otra forma a perderse. Escribir, en fin, es un acto íntimo por el que aprendemos a conocernos más y a comunicarnos mejor con el mundo que nos rodea.

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