El otro día escuché a Pedro Sánchez defender su actuación catalana en un discurso galimatías en el que unió Cataluña, el salario mínimo, el Brexit y Bosnia. Todo ello en ese tono de predicador cándido que se gasta cuando quiere que su discurso cale entre la españolidad estupefacta. De lo que dijo el presidente del Gobierno sólo me quedó claro que el viernes próximo hay Consejo de Ministros en Barcelona y que hasta entonces iremos dándole la patada adelante al balón a ver cómo se desarrollan los acontecimientos.

En la acera de enfrente, el exacerbado Torra anuncia las siete plagas de Egipto, la revolución y la vía eslovena mientras ayuna y pernocta en el Monasterio de Montserrat como el mártir de la causa que es. Dos diítas para rebajar peso que vienen las navidades mientras sus socios hacen huelga de hambre en la cárcel y pasan por la enfermería. Todo un gesto que retrata a uno de los mayores patanes que ha dado la vida política española. Y conste que afirmar esto tal y como se está poniendo el patio es auténticamente un logro.

También he visto estos días a Pablo Iglesias decir que lo que dijo de Venezuela ya no es tan así, que se equivocó y que la situación en el paraíso de su otrora idolatrado Hugo Chávez es "nefasta". Todo ello en la coreografía de una de esas comisiones del Senado que no sirven más que para justificar dietas y comprobar que el PP ha fiado su futuro parlamentario a un Aznar que no es José María, aunque en ocasiones nos pueda recordar a él. En Podemos andan nerviosos tras el 2-D porque su mensaje pierde fuerza al mismo ritmo que crecen las plantas del chalé de Galapagar. Cosas de asaltar el cielo, supongo.

En Andalucía también hemos asistido a la coreografía de reuniones, fotos, dimes, diretes, afirmaciones y negaciones propias de la gestación de un pacto. Mientras Susana Díaz y sus fieles se empeñan en decir que han ganado y que no se puede ceder ante Vox, la doble M (Moreno y Marín) deja pasar los días con cierto sadismo reflejado en el rostro viendo cómo la presidenta en funciones se cuece en su propia derrota. Porque me da a mí que el pacto de gobierno está más apretado que las tuercas de un submarino y ahora lo que queda por ver es quién va a ir en cada sitio. Los andaluces, por su parte, han optado por pasar quilos ya de lo que se cuece en esos sesudos encuentros y se dedican a buscar las gambas más baratas que pueden y el regalo más ajustadito y acertado posible. Acaben ya, gobiernen y déjense de rollos que no está el horno para bollos.

Y es que se acerca la Navidad y con tanto ruido no hay quien se concentre en hacer el río del Belén con papel de plata y mucho menos en poner las luces del árbol sin que se le caigan las bolas de colores compradas en el chino de la esquina. La situación cansa, el personal está hasta el gorro de las diatribas catalanas y de las peleítas madrileñas. El Banco de España rebaja las previsiones de crecimiento, ralentiza el mercado laboral y pinta un 2019 regulero. Y mientras tanto unos pocos creen que es mejor seguir en los fuegos artificiales. Aplican el cuanto peor, mejor. Muy simpáticos ellos. Como dice uno que yo conozco, a picar piedra les ponía. Claro que antes habría que darles las instrucciones sobre cómo doblar el lomo.

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