Hasta hace poco no había pensado en ello, pero hoy tengo la certeza de que va a ser muy difícil igualarle (no superarle). Era tan grande que no le importaba coger el teléfono por muy tarde que fuese; llamarte, pararte en la calle para preguntarte cómo estás, o pedir tu número de contacto para darte las gracias. Siempre he dicho que era un señor con mayúsculas.

Si esta semana hubiera estado, seguro que lo habría vuelto a preguntar: "¿Me lo merezco?" Y su esposa Pilar le habría dicho: "Papá, claro que te lo mereces". Era tan especial que pensaba que no se merecía nada de todo lo bueno que le llegaba.

Todo esto me vino a la memoria el viernes, durante el solemne acto académico de investidura como Doctor Honoris Causa de José Luis García Palacios, en la Facultad de Derecho, una ceremonia que se convirtió en un reflejo de lo que él siempre transmitió. Como caballero que fue, la distinción resonó en todo momento en la sala. Como hombre preparado, la ciencia y sabiduría se dieron la mano; pero lo que verdaderamente se sintió en el salón de actos fue el reflejo de un hombre bueno. ¡Qué gloria poder tener esa grandeza!

Es difícil resumir desde este rincón las palabras de quien ejerció como padrino del acto, el exrector de la universidad Francisco José Martínez, encargado de desmenuzar cada una de sus facultades profesionales para engranarlas con cada virtud que hace que quien ha sido decano del sistema financiero español merezca un trato loable.

La verdad es sencilla, como mencionó la rectora, María Antonia Peña, en su discurso. Y no hay nada con menos artificio que un hombre bueno. Tampoco hay nada más gratificante que ser reconocido y que quienes llevan su nombre se comprometan a seguir la línea que les han marcado para que García-Palacios (ahora con guión) siga siendo ejemplo de actitud intachable, de dignidad, esfuerzo y trabajo.

Gracias María Luisa por hacer público ese compromiso en nombre de todos y por ser desde el primer momento imagen de ello. Lo has hecho en silencio, como lo hubiera hecho él y por eso aún tiene más mérito. Gracias por dibujar esa sonrisa que te representa, fiel reflejo de la que tu padre siempre mostró, y por tener esa categoría que alimentas cada día y que sacas de esa gran mujer que es doña Pilar.

Estate tranquila María Luisa, porque el trabajo y esfuerzo de tu padre ya ha merecido la pena.

Gracias.

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