Final

Un partido nacionalista con la mitad de votos obtiene el doble de diputados que uno de implantación nacional

Es muy probable que el pasado 1 de junio hayamos asistido al final del régimen de 1978. Aquel sistema político que nació del acuerdo, del pacto, del consenso de todos los españoles llegó a su estación Termini. Se le acabó el fuelle, no hay quien lo defienda. Traicionado, vilipendiado y abandonado a su suerte cae despeñado entre el regocijo de sus enemigos. Ciento ochenta votos en el Congreso de los Diputados lo han sepultado, me temo. En esos votos no son todos los que están, pienso todavía, pero sí están todos los que son. Allí estaba toda la amalgama de enemigos del régimen constitucional de 1978. No faltó nadie a la cita. No fue una moción de censura sin más. La excusa fue la defenestración de un presidente del Gobierno. Eso, en sí mismo, no tiene mayor importancia en una democracia. La aritmética parlamentaria manda y todos la acatamos. La Constitución de 1978 estaba en el punto de mira de sus enemigos desde hace tiempo y han aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid para dispararle al entrecejo. No hay más que leer la selva de siglas que hay detrás de esta votación para apreciar quién es quién. Permítanme que me ahorre repetirla.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Muy sencillo: no defendiendo lo que se quiere. Ahora es cuando vamos a apreciar lo que teníamos en esa Constitución, fruto de la paz y del acuerdo de millones de españoles que antepusimos la armónica convivencia entre españoles a una España dividida, enfrentada, cainita y que se odia a sí misma y que, por lo visto, tiene hoy muchos defensores. Pero el caso es que no son tantos. Es la maldita ley electoral la que ha propiciado este estado de cosas. Y si no se cambia todo irá de mal en peor. Estamos padeciendo una ley que prima brutalmente el voto nacionalista. Lo he dicho aquí no menos de una docena de veces: un partido nacionalista con la mitad de votos obtiene el doble de diputados que uno de implantación nacional. Si no me equivoco vale cuatro veces más. Luego no son más, ni mucho menos, si no que están hiperrepresentados. Cosa parecida se podría decir de los dos grandes partidos. Ambos tienen sus mejores caladeros de votos en las zonas rurales o provincias menos habitadas, en detrimento de las zonas urbanas. Cuestan mucho menos votos sacar un diputado en la provincia de Ávila que en la de Madrid. Hemos tirado cuarenta años con esta ley electoral porque nadie quería derribar la casa. La habíamos reformado para que cada cual tuviese su habitación, pero se ve que mientras unos vivíamos confiadamente en ella, otros se dedicaban a derruir tabiques y tirar vigas. Toca espabilar.

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