En estos largos tiempos de incertidumbre y tristeza, lo de la mascarilla es una medida simbólica que ha permitido tener ilusión aunque sea sin hacerse ilusiones. Pero los jóvenes, como era de esperar, desean a toda costa olvidarse de ella y se han tomado el brazo al darles la mano. Justo la población menos inmunizada es la que más celebra el principio de la vuelta a lo que recordamos, con añoranza de conciertos multitudinarios, de bares ruidosos, de aceras repletas de gente… En fin, de vida de verdad normal.

¿De verdad normal? La generación que ha crecido entre la crisis de 2008 y la de la pandemia no puede decirse que haya conocido un tiempo "normal": ni vacas gordas ni hipótesis optimistas de futuro ni mercado laboral accesible. Lo que sus padres recibieron como seguro y perdurable se ha desvanecido para ellos, en un mundo que ahora llamamos "modernidad líquida". Son jóvenes aislados y a la vez hiperconectados, rodeados de todo lo que necesitan y más, pero desorientados, desesperanzados, sin sueños. Y muestran su rostro más insolidario y cínico en esas macrofiestas que tratan de chulear al virus, con el consiguiente (y justificado) rechazo de sus mayores.

¿Qué puede ayudarlos? Y sobre todo, ¿quién? ¿Quizá nosotros, que nos escandalizamos de su provisionalidad y su egoísmo? ¿Les hablaremos de solidaridad cuando los Estados refuerzan sus fronteras, instauran la filosofía del sálvese quien pueda y marchan a codazo limpio en la carrera por las vacunas? ¿Lograremos que se comprometan para salvar al planeta del colapso, mientras gobiernos e individuos continuamos con su depredación sistemática? ¿Podremos tender algún puente de comunicación mientras navegamos por la ruta de la mezquindad en nuestra propia Arca de Noé, en medio de un diluvio de dimensiones universales?

Solo hay algunas cosas ciertas que podemos contarles a nuestros jóvenes. Que no todo está bien y hay que pelear con otros para acercar los sueños; que lo que en el fondo anhelamos es la compañía y el encuentro, no una abigarrada huida hacia adelante con el morbo de lo ilegal. Y que estamos dispuestos a calzarnos sus zapatos, a conectar con el desasosiego que los rodea, a empatizar serenamente con ellos sin perder la esperanza: ese latido poderoso, resistente, irrenunciable, esa necesaria nostalgia del futuro. El legado más valioso que podemos dejarles, aunque por largo rato se esconda y se vuelva también líquida.

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