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El Ministerio de Transición Ecológica le ha dado un tirón de orejas al Ayuntamiento de Punta Umbría, instándole a que retire el proyecto de construcción de dos torres de 19 plantas por incumplir la Ley de Costas. La respuesta no se ha hecho esperar: el Pleno se ha ratificado en su postura y el caso terminará, seguramente, en los tribunales, así que quedan años por delante de tira y afloja. A veces ni una sentencia judicial es suficiente: esta misma semana el Supremo tumbaba definitivamente el dragado del Guadalquivir, después de dos décadas de litigios, pero el presidente del puerto de Sevilla ha reiterado que continúan con la idea de aumentar la navegabilidad del río para buques de mayor envergadura, y que lo harán por otras vías.

Basten estos ejemplos, aunque hay cientos, para demostrar una antinomia dolorosamente encadenada a nuestro modo de vida. Lo que hemos normalizado, el crecimiento ilimitado, no es en absoluto normal ni puede sostenerse. Barcos más grandes, edificios más altos, más mercancía, más turistas… y también, más daño ecológico, más desigualdad social, más financiarización económica, más acumulación y vuelta a empezar.

La crisis de la década pasada (¿pasada?) podría haber sido un punto de inflexión para repensar el modelo productivo, pero en lugar de eso se aplicaron las recetas de siempre para salir de ella, o para prolongarla, consiguiendo de paso un consenso en el recorte de derechos sociales. Hay tantas contradicciones que ya es imposible no plantear alternativas, aunque solo sea por supervivencia. Alternativas que tienen siempre algo de utópico, pues se salen de nuestro imaginario actual, pero no del territorio de lo posible. No se trata de parar de crecer, sino de crecer de otro modo, de someter a crítica los valores y las prácticas que hemos interiorizado como hegemónicos.

Existe, como saben, mucho debate ideológico sobre esto, pero en definitiva, en algún momento hay que elegir, porque las medias tintas -como las eternas disputas judiciales- lo único que hacen es prolongar el derrumbe. ¿Es que de verdad nos creemos que lo que se puede hacer hay que hacerlo sin preguntarse por las consecuencias para uno mismo o para el entorno? ¿Es que no hay límites, para un ayuntamiento, para un puerto… o para cada uno de nosotros? Podemos empezar a contestar preguntas, o podemos escurrir el bulto, silbar distraídamente, alegar que no sabemos. Dicen que la estupidez tampoco tiene límites.

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