La otra orilla

Javier Rodríguez

Concertinas o podaderas

La Navidad nos llama a reflexionar sobre la situación de tantos hombres, mujeres y niños de nuestro tiempo -migrantes, prófugos y refugiados- que están en marcha para escapar de las guerras, de la miseria causada por las injusticias sociales y el cambio climático. Para dejar todo -hogar, familia, país- y enfrentarse a lo desconocido, ¡debe haber padecido una situación muy dura!".

"Hacer red con la educación es una solución válida para abrir los portones de los campos de refugiados, permitiendo a los jóvenes migrantes insertarse en las nuevas sociedades, encontrando solidaridad y generosidad y promoviéndolas a su vez".

Son palabras del papa Francisco, quien recuerda que la propia familia de Jesús de Nazaret tuvo que huir de la persecución y refugiarse en Egipto, lo que le hace reflexionar que "la mitad de los refugiados de hoy en el mundo, son niños, víctimas inocentes de la injusticia humana".

Las palabras del Papa son tan claras que yo no añadiría nada más, pero tengo que completar el hueco en el que este periódico tiene a bien permitirnos a mí y al resto del equipo de La Otra Orilla expresarnos dos días a la semana y, ciertamente, ante las palabras del Papa me surge una reflexión: ¿de verdad los que nos consideramos cristianos podemos pensar de otra manera? Porque si claro lo deja el Papa más claro aún lo deja un Evangelio que no para de hablar de amor, de acogida, de opción preferencial por los más pobres, por los que más sufren, por los mal vistos por la sociedad…

¿Cómo puede haber quien se atreva a azuzar el odio y la violencia argumentando que los valores del cristianismo están en peligro, que nuestra fe está siendo amenazada por extranjeros, feministas y no se cuántos peligros más? ¿Se puede caer en una contradicción mayor? Una fe que se tambalea por cambios demográficos o avances culturales, por esas supuestas amenazas, es una fe débil, pero por otros motivos. Porque la fe de Jesús, esa que decimos profesar, nos promete que "de las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas" que "no alzará la espada pueblo contra pueblo ni se adiestrarán para la guerra". Defender esa fe sólo puede ir en la dirección de la acogida que propone Francisco e implica ponerse manos a la obra, a construir un mundo en el que eso sea posible. Y eso pasa más por cortar alambradas con las podaderas que por aumentar el presupuesto en esas lanzas modernas: las concertinas.

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