La otra orilla

víctor rodríguez

Competitividad

Las sociedades colaborativas siempre fueron femeninas en sus orígenes, aprendamos de ellas

Reconozco que nunca he tenido mucho de eso que se llama espíritu competitivo. Recuerdo a compañeros del colegio que se les iba la vida cuando fallaban una canasta en un partido de Primero A frente a Primero B, a mí siempre me dio un poco igual, la verdad. Mañana que comienzan las clases en la enseñanza Secundaria volverá a hablarse mucho de preparar a nuestros jóvenes para tener éxito dentro de la competitividad del mercado de trabajo, cuando aparezcan las salidas profesionales, el ascender en la escala social y todo eso. Hoy todo es competitividad; está la económica y también la social. Da igual que sea para lograr aparcamiento en la calle, que para hacer ver a los demás, por las redes sociales, que tenemos vidas idílicas y que viajamos muchísimo y muy barato. Los concursos de la televisión consisten en ir nominando (y eliminando), uno a uno a los competidores, hasta quedar el último. Ahora la Selectividad se asemeja a establecer el récord de salto de altura; las notas deben ser extremadamente altas para lograr estudiar lo anhelado. En muchos trabajos hay rankings de quién recolectó más fruta, quién vendió más seguros, quién hizo ganar más dinero a su empresa. Son señales que van despreciando a quien no entre en esa especie de superloop que te atrapa para llegar cuanto más lejos mejor y cuanto más solo, mejor, señal de exclusividad y excelencia.

Pues a mí todo eso me produce agotamiento, me hace sentir que lo que realmente soy importa muy poco. No entiendo que mis aspiraciones por llevar una vida digna se tengan que dirimir con el quítate-tú-para-ponerme-yo.

¿Dónde queda nuestra humanidad en todo esto? Lo humano también es suciedad, fracaso, enfermedad y niños con discapacidad, que ahora queremos que todos sean actores y modelos, y barrios sin ascensores y cagadas de perro en las aceras. La superación es una cosa y el exprimirnos hasta la extenuación en busca de la perfección es otra. La excelencia está bien, pero no recuerdo ningún ejemplo que me atraiga especialmente. Las sociedades excelentes y competitivas que conozco arrastran grandes dosis de sufrimiento e inhumanidad y debajo de sus alfombras se acumula mucha mierda. Las sociedades colaborativas siempre fueron femeninas en sus orígenes, aprendamos de ellas y a reconocernos siendo tan listos como idiotas, al cincuenta por ciento.

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