Celebración El Rocío refuerza su seguridad este fin de semana con motivo de la celebración de la Candelaria

Enhebrando

Manuel González Mairena

Cambiar de dieta

Bienvenida esta dieta: alta en satisfacción comunitaria, carcajadas y abrazos, que favorece la flora emocional

El domingo cené únicamente una mandarina. Ahí lo tuve claro. El sábado por la mañana me fui con otros ocho amigos, de esos donde se pierde la noción del tiempo, a pasar un par de días a Higuera de la Sierra. Las actividades planteadas eran básicamente las que se hacen alrededor de una mesa. Seguro que he engordado. No pienso ni acercarme a la báscula, por guardar la esperanza de la duda. Las carnes serranas suponen una tentación sabrosamente irrechazable. Lomo, presa, jamón, carrillera, secreto,… Por si fuera poco, habría que sumarle el no corto listado de entrantes para abrir boca y los correspondientes postres para cerrar convenientemente el banquete. Entre horas, algunas viandas y cafés o espirituosos. Toda una liturgia.

Puedo enumerar el listado exacto de cada uno de los menús que nos acompañaron, aunque, si hago recuento, apenas recuerdo más que un puñado de fragmentos de todas las conversaciones que allí mantuvimos. En grupo grande, petit comité, o directamente de uno a uno. Pero esa nebulosa de complicidad y afecto es tan intangible como impagable para quienes la palabra cuarentena nos interpela sin mediar una prescripción médica. Cosas de la edad. Cuando vivíamos nuestra adolescencia éramos un grupo de convivencia continua. Ahora, somos individualidades que tiramos del lazo que trazaron aquellos chavales de acné, pelo largo y miradas risueñamente cándidas. Cuando nos vemos, ahondamos en ese pozo del tiempo bien curtido. Nos conocemos. Sabemos de nuestras victorias y derrotas. Los caminos de la conversación amable y los filos cortantes entre piel y hueso. Tácticas y estrategias para llegar a cada cual. Nos leemos en primer y segundo plano. Escucho esto pero me dices lo otro. Lloras pero sonríes. Rellenamos con un gesto los silencios.

La amistad aporta puntos de equilibrio. Lo mismo un grillete que una fuga. Durante horas ponemos en el tablero conceptos como pareja, trabajo, hijos, aficiones y etcétera. Damos rienda suelta a historietas sin sentido. Hacemos un recuento de los dientes. La amistad es un paralelo. Una fracción del continuo habitual de los días. Una dieta a la que renuncio más de lo que debiera. El remolino de lo cotidiano y ese funcionariado del hogar en el que se transforman los fines de semana. Bienvenida esta dieta: alta en satisfacción comunitaria, carcajadas y abrazos, que favorece la flora emocional. Va siendo hora de reestructurar, romper con este inexplicable ayuno intermitente. Adiós al consumo moderado.

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