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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Benedicto XVI y nosotros

El gran intelectual y teólogo defendió la piedad popular como "raigambre segura e interior de la fe"

Hoy, dos de enero, segundo día del quinario del Señor, quiero recordar al Benedicto XVI más próximo a nuestra devoción popular; al gran intelectual y teólogo que defendió la piedad popular como "raigambre segura e interior de la fe". ¿Hay forma más honda y hermosa de definir qué representa el Gran Poder?

Escribió Joseph Ratzinger sobre el culto a las sagradas imágenes: "La ausencia total de imágenes no es compatible con la fe en la encarnación de Dios. Dios, en su actuación histórica, ha entrado en nuestro mundo sensible para que el mundo se haga transparente hacia Él. El cometido de las imágenes es llevar más allá de lo constatable desde el punto de vista material, consiste en despertar los sentidos internos y enseñar una nueva forma de mirar que perciba lo invisible en lo visible. La sacralidad de la imagen consiste precisamente en que procede de una contemplación interior y, por esto mismo, lleva a una contemplación interior".

Y escribió sobre la devoción popular: "La religiosidad popular es el humus sin el cual la liturgia no puede desarrollarse. Desgraciadamente muchas veces fue despreciada e incluso pisoteada por parte de algunos sectores del Movimiento Litúrgico y con ocasión de la reforma postconciliar. Y, sin embargo, hay que amarla, es necesario purificarla y guiarla, acogiéndola siempre con gran respeto, ya que es la manera con la que la fe es acogida en el corazón del pueblo... Es la raigambre segura e interior de la fe. Allí donde se marchite, lo tienen fácil el racionalismo y el sectarismo".

Apliquemos estas palabras a nuestro culto público a las sagradas imágenes y nuestra relación personal con ellas, a nuestras hermandades y nuestra Semana Santa. Urge esta "purificación y guía" que corresponde a la Iglesia en su realidad más elevada y abarcadora -la asamblea convocada por la palabra de Dios que está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende- tanto como urge tener muy presente la sacralidad de la imagen en estos tiempos de pérdida de toda medida en lo celebrativo y de reducción de la imagen a pretexto para montar espectáculos irrespetuosa y literalmente profanos [profano: que no es sagrado ni sirve a usos sagrados, sino puramente secular] para que nuestras sagradas imágenes, hermandades y celebraciones sigan siendo "la fe acogida en el corazón del pueblo" y no una fiesta cuya belleza se degrada al cortarle su raíz devocional.

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