La otra orilla

VÍCTOR RODRÍGUEZ

Abandono mental

Ayer se celebró el día de la salud mental y pasó igual de desapercibido que todo lo que tiene que ver con esa enfermedad tan invisible, tan desconocida, tan temida, en definitiva, tan apartada. Intentamos ser empáticos con los enfermos de cáncer, con los accidentados de tráfico, apendicitis, pintamos con rotuladores en las escayolas de piernas y brazos rotos, pero huimos de la esquizofrenia, de la psicosis, de la depresión con miedo supersticioso.

La situación de pandemia y de aislamiento sobrevenido ha venido a empeorar la situación. Se nos ha insistido hasta el hartazgo en el reto de mantener a los pacientes de las unidades de cuidados intensivos con vida, ancianos de residencias y otras personas vulnerables, pero se ha hecho muy poco por cuidar de la salud mental, tanto la individual, la de tantas personas aisladas y solas durante las largas semanas de confinamiento, como la colectiva como sociedad. Los medios, especialmente la televisión, que es la más invasiva, se han empeñado en saturar la programación con tardes interminables de malas noticias, se retransmitía la enfermedad como si fuera el carrusel deportivo: ¡atención compañeros, hay coronavirus en Las Gaunas! Ese mensaje machacón y esas interminables apariciones presidenciales no han ayudado en nada a que nuestra mente pudiera respirar.

A pesar del deterioro mental de nuestras sociedades, cada vez más individualistas, obsesionadas con el éxito y la imagen, la psiquiatría sigue siendo una especialidad con pocos recursos, aislada y poco integrada en el sistema sociosanitario, adolece de una escasez de plazas residenciales más allá de las camas hospitalarias y de una necesaria coordinación con otras ramas, como la pediatría, el ámbito educativo o los programas de abordaje de las drogodependencias. Hace falta pedagogía social, formación a los cuerpos policiales para distinguir la enfermedad mental del delito (un brote psicótico no es un desorden público equiparable a una pelea o borrachera), y respiro para familias y padres, sobre todo mayores, que sufren las consecuencias de un sistema de atención con tantas carencias.

Desde aquí valoro a todos aquellos que no sólo no huyen, sino que acompañan, tratan, humanizan y respetan a todas esas personas con trastorno mental, ofreciendo cuidados, dignidad y escucha... A pesar de todas las dificultades.

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