Análisis

José Ignacio Rufino

Cómo nos ven los guiris

Más de ochenta millones de turistas nos visitan cada año y no son ni mucho menos pocos los que repiten: algo rotundoEl español se atribuye defectos de sus políticos, y cada vez tiene menos complejos en Europa

Hace unos tres meses, El País publicó un artículo de Manuel Vicent titulado Líderes, con un éxito de difusión arrollador: pareciera que muchos estábamos esperando como tiesto seco un cubo de agua fresca y limpia, un poco de sacar e hinchar ese pecho contrito por el encabronamiento patrio y mediático; huyendo, aunque fuera por unos minutos, de la fatalidad imperante, de la desconfianza y el descreimiento, de esa impronta masoquista con la que nos fustigamos por motivos que no tienen origen en la gente corriente, en los españolitos (entrañable término machadiano que el macarra de guardia, Rufián, quiso manchar para insultar a unos 40 millones de miembros de la intrahistoria nacional, más silente y digna que la de un porcentaje demasiado elevado de nuestra clase política de las dos o tres últimas décadas). Fundamentado en valoraciones de publicaciones respetables y organismos de primer orden, Vicent nos recuerda que nuestro país está por delante de la mayoría de Europa, y no digamos del resto del mundo, en sanidad, educación, medio ambiente, vida social y vecinal, seguridad, trasplantes, protección entre personas, filantropía, deportes, esperanza de vida, robótica, [copio ahora] "en energía eólica, en producción editorial, en conservación marítima, en tratamiento de aguas, en energías limpias, en playas con bandera azul, en construcción de grandes infraestructuras ferroviarias de alta velocidad y en una empresa textil que se estudia en todas las escuelas de negocios del extranjero. Y encima para celebrarlo tenemos la segunda mejor cocina del mundo". A ver si nos enteramos. A ver si los políticos del lado oscuro entonan, porteñamente, un "No sos vos, ciudadano. Soy yo. Y voy a dejar de romperte las bolas".

Hace unos días, también en El País, un reportaje firmado por Sara Navas, ¿Complejo de inferioridad los españoles? Extranjeros que viven aquí confiesan por qué somos (de verdad) diferentes, da por sentado que somos singulares, con rico poso y futuro común dentro de lo poliédrico, si bien con la herida abierta de un independentismo fiscal o de ricos. Habla sobre todo de una franja de edad viajada y posterior a la mía -en la que el viajero y el turista español era pionero en su tierra-, y muy lejana de aquella en la que miles y miles de desgraciados tuvieron que emigrar para huir del hambre tras la guerra. Según este reportaje, de acuerdo con noruegos, brasileños, británicos, argentinos o alemanes que viven en España, "poco tenemos que ver con el estereotipo que sintetiza ingredientes como paella, siesta, fiesta, ruido y calles tan sucias como escamondadas las casas". A quienes opinan, por cierto, no los mueven de aquí ni con agua caliente. Un dato al que sobran comentarios: España recibe a más de 80 millones de turistas de forma sostenida y creciente. Muchísimos repiten.

Aunque quienes opinan no son soberanos, y el guiri instalado aquí pero criticón y revirado es bastante común, ciertas apreciaciones son dignas de un palmoteo. "Muy sociables y grandes anfitriones, con una informalidad que me gusta bastante; hablan con libertad sobre gente de otras razas", dice un británico. Un estadounidense resalta un apoyo familiar, casi de clan, sin parangón en Europa o Estados Unidos, otro más señala "la perfecta mezcla entre europeo y latino", una juventud rebelde y libertina, el saber reírnos de nosotros mismos… ¿Y los contras? Los hay: perdida creciente de las buenas maneras y el civismo, tendencia a la pequeña trampa, cotilleo, miedo a los cambios. Yo creo que cualquier contable con ojo de buen cubero diría que nuestro patrimonio (nacional) neto es positivo. O sea, que tenemos mucho más de lo que alegrarnos que de lo que apenarnos o avergonzarnos. Por Berlanga: "Guiris, os recibimos con alegría, ole tu madre y olé tu tía".

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