Análisis

J. J. Díaz Trillo

Profesor de Literatura y escritor

Para resucitar la poesía

Matar poetas. Suicidar ángeles con sus propias alas como cuchillas de afeitar. Besar las palabras; masticar el verso y volverse, rumiándolo, “versívoro”. Para después, ya hecha la digestión de las metáforas, llegar a ser un poeta “subversívoro” (págs. 23-25, 77-78, 80). De subvertir el orden -¿natural?- de la poesía, que es la Vida, trata el último libro de Juan Cobos Wilkins.

Como viene haciendo desde su Biografía impura (2009) cuando vuelve -tras una década de grandes novelas y relatos- a una poesía tan personal como audaz e innovadora, JCW deja el verso en los huesos, apura imágenes y palabras con una excepcional capacidad de evocación y emoción. Con la misma claridad de su primer Espejo de príncipes rebeldes nuestro autor añade al Luzbel de ahora (pág. 74) la carga más profunda de la experiencia, del haber vivido “mientras este jodido mundo se derrumba y tú te bates a primera sangre en desigual y apasionado duelo”. (pág. 23). Sus tres libros editados con esmero en la Colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara -entre ellos queda Para qué la poesía, Premio Ciudad de Torrevieja en 2012 y en Plaza y Janés- constituyen un tríptico al modo de los que pintó Francis Bacon con la misma misma belleza cruda y estremecedora. Un retablo mayor de la última poesía en nuestro idioma. No se trata sólo de madurez literaria, sino del acierto de una voz tan exigente en su relato lírico como distinguida en su originalidad. Para contar con hermosura, a veces cruel por denuda y sincera, una experiencia singular que se hace plural a través de la poesía.

La propia estructura de la obra, que Cobos Wilkins siempre cuidó hasta que cada libro suyo se engastara como un anillo en otro, es una suerte de diálogo platónico en el que el poeta intenta, y no intenta, explicarse o explicarnos. Como si en ese esquema bifronte -Jano- o de inseparable indagación -Dioscuros- del misterio de la poesía se pudiera dar un sentido completo a lo aparentemente contradictorio. Ya desde el inicio nos advierte. “Matad poetas. / Matad, poetas.” (pág.11). Matar poetas para resucitar la Poesía.

Deconstruir la realidad, incluso la más despiadada (léase el díptico sobre la Piedad con Passolini y Miguel Ángel de fondo, págs.57-59), para que nazca en el poema hecha obra de arte. Como en otras obras suyas, aquí también el poeta (funambulista de las palabras) cruza el libro sobre las aguas confundidas del verso y de la prosa. Para ser “subversivo” desplaza en cada asunto -ya sea el de la soledad, el suicidio, la nada o los demonios- la razón poética hacia la científica. Nos invita a la disección (singular autopsia en la página 71) de un cuerpo imaginario cuyas vísceras están llenas de líquidos vulgares pero que inspiran una belleza trabada por las imágenes más queridas desde siempre por el autor. Así la mantis religiosa (pág.59) que en su prodigio de sexo fagocitado establece una alegoría del amor constante más allá de la muerte, incluso del crimen. Pues cuando el poeta intenta explicarse, pero no explicarnos, la llegada del amor dirá (págs. 95-97): “Química, sí./ Pero alquimia.”

Desde la desolación inicial que podría recordarnos la mirada de ese “extranjero” de Camus, el poeta irá apropiándose de un mundo tan raro -que está “desde dentro desangrándose” (pág. 49)- como atractivo para la aventura de su conversión en tierra prometida para “escribir, y recordar que sí estuviste vivo” (pág. 72). Las andanzas de escritores al límite, como Verlaine y Rimbaud o los de la generación Beat americana, lo llevarán a explicarse, pero no explicarnos, la bipolaridad del amor o la subversión de los demonios. Hasta el punto de recordar un arma, Lefaucheux 7mm., “un revólver magnífico para escribir a tiros unos versos” (pág.93), matar poetas y salir pitando a esperar la llegada del amor. “Amor,/ inesperada conquista de la alegría.” (pág.95). Así nos va haciendo cómplices de este “ajuste de cuentos”, de esta dulce venganza en la que se deja acompañar por Proust, Lorca, San Juan, Vallejo o W. Burrouhgs. Y da entrada al cine, la pintura o la fotografía, que junto a la prosa fría del envés de algunos poemas ofrecen una miscelánea precisa, un collage inquietante, de una verdad muy depurada por el sentido ético y estético que la inspira.

Hacia el final del libro, mientras apura las palabras hasta ese grado místico del silencio, nos confesará su deseo de “volver a los diecisiete… Y lo demás, todo lo demás, que tan sólo es ya etcétera.” (pág. 85). A partir de aquí, y como un eterno retorno de sus símbolos más queridos, Cobos Wilkins volverá a proclamar el mismo Noli me tangere de su primer y tan premonitorio libro, cuando aún no sospecha todavía “que un adolescente es una metáfora: de nada: de todo lo invisible y lo visible” (pág.105). Ahora, desde la madurez y “una redentora autodestrucción” que lo sitúa de nuevo entre pasión y armonía, cerrará el círculo “vicioso” de la soledad, el dolor o la muerte y abrirá el “virtuoso” de la Vida, en cuyo campo semántico respira una treintena de palabras, tres de ellas con mayúscula.

Como en el resto de su obra poética, Juan Cobos Wilkins jamás concede un verso -ni un abrazo en su vida, añadiría- que no sea auténtico, desleído siempre sobre la página con una escarcha -verso libre, acento propio, verbo exacto- que nos anuncia el fruto de la mejor poesía. La que surge de la más exigente pregunta: ¿por qué continuar?. Si para resucitarla antes hay que matar poetas, suicidar ángeles y batirse en duelo con Ella. A primera sangre y desde el primer verso. Como en este excelente libro.

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