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El inesperado fallecimiento de Bienvenido González el pasado mes de noviembre viene a completar una triste lista de cofrades que, mucho antes de tiempo (por edad, se entiende), nos ha abandonado dejando un gran vacío difícil de ocupar. Por supuesto que hablamos de una persona insustituible en el ámbito familiar, pero, desde el punto de vista cofrade, estamos también ante una persona que, por autoridad y formación, estaba en un escalafón que, a día de hoy, se nos queda prácticamente sin efectivos.

Actualmente, encontrar personas que quieran comprometerse para pertenecer a una junta de gobierno es una labor muy difícil. Los más jóvenes están en otras cosas, claramente; y entre los mayores veo dos grupos: los que llevan muchos años y no se van (cada vez menos) y los que han ido saliendo por diferentes motivos y ya no quieren volver.

Hablo de esto porque la candidatura de Bienvenido a la Hermandad de la Cinta, vista desde la perspectiva que tenemos ahora, era de gran valor. Haber sido el hermano mayor de la coronación canónica de Nuestra Señora de la Esperanza daba licencia para no meterse en más charcos y conservar el prestigio propio de quien gestionó una etapa dorada para la Hermandad de San Francisco. Sin embargo, una nueva aventura a partir de un proceso complicado (suspensión de elecciones, junta gestora…) no echó atrás a Bienvenido y se convirtió en hermano mayor electo. Con sesenta años, mientras muchos cofrades no quieren saber nada de compromisos, formó una junta y volvió a complicarse la existencia creyendo que así aportaba a la hermandad.

El resto ya lo conocen. Por mi parte, guardo muchos recuerdos de una etapa concreta, en la que él era el hermano mayor de la Esperanza y yo el director de la banda. No se crean que fue un camino de rosas, pero el cariño y el respeto que nos tuvimos siempre hacían que hoy, con gran nostalgia, recuerde dos detalles que tenía conmigo: el primero de ellos, cuando yo era solo un niño. Siempre que había reparto de notas en el colegio, Bienvenido me preguntaba si aprobaba o no, porque si no, no me dejaba ir a la hermandad a montar los pasos, los altares de cultos, etc. Siempre me acuerdo de esto cuando veo, en otras hermandades, a niños o adolescentes que están todo el día en sus casas de hermandad, descuidando sus obligaciones, porque a los responsables de la cofradía les interesa esa mano de obra incondicional.

El otro, más cercano en el tiempo, se producía cada Miércoles Santo cuando los ciriales del Cristo de la Expiración estaban ya en la calle y desde fuera sonaba el llamador. En ese momento, un nazareno verde salía del templo y venía a desearme la mejor estación de penitencia. No hablaba, porque seguramente la voz no le salía, pero sus ojos llorosos y el abrazo que nos dábamos siempre han significado mucho para mí.

Destaco de su paso por las cofradías el amor que sentía por la eucaristía (asistía a misa diariamente) y su celo por la formación. Ya es significativo que uno de nosotros destaque por esto, lo cual debe llevarnos a una reflexión urgente, pero es que hablar con Bienvenido era una oportunidad de aprender mucho y bueno: liturgia, vida de la iglesia, cofradías… Si ponemos esto al lado de personas que no quieren estar en las juntas de gobierno porque "no aguantan ir a tantas misas…" Todos conocemos casos.

Ya lo escribí en un artículo para este periódico hace un par de años: no me tengo por más que nadie, pero aprendí de los mejores. El problema es que cada vez quedan menos, y la nómina no se renueva. Ya me lo dijo mi mujer en el tanatorio: "Te quedas sin referentes". Pues sí. Y me da mucha pena.

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