Análisis

Juanma G. Anes

El ciclista y los corazones

Con el cosquilleo generado durante toda la semana, y justo después del espectacular recibimiento de la afición del Decano a su equipo, mi amiga Isa expresó a la perfección lo que muchos pensamos este domingo: "Después de tanto tiempo viviendo con el corazón encogido hoy éste no me cabe en el pecho".

Tal cual. El sentido cortejo de recreativistas perfectamente acoplados al incomparable Paseo de la Ría, honrando a la expedición albiazul, rebosó el domingo, por fin, de ilusión. En los recibimientos similares vividos estos años atrás, aunque también multitudinarios, el Recre se jugaba tanto que casi no daba lugar a saborear la bonita atmósfera creada. Esta vez, ese cambio, que ya se merecía, se notó y se agradece. Vaya que si se agradece.

Como otras pocas, Isa es de esas personas que vivió, in situ, algunos de los momentos más extremos en los que el Recre estuvo a un pasito de ser desconectado de la respiración artificial que le mantenía vivo. Sucedió 'hace tres días', como aquel que dice, aunque parezca que hayan pasado tres lustros, pero no: las secuelas de los daños sufridos están aún muy presentes. De hecho, el Recreativo de Huelva se ha convertido en ese ciclista que, con una rueda pinchada, ha sido capaz de subir la Madeleine, La Croix de Fer y La Rosière y a quien aún le falta por coronar el Alpe d'Huez. Y ahí sigue el Decano, con miles de seguidores enfervorizados en las cunetas empujando al corredor mientras éste no cesa de hacer 'eses' sobre el asfalto, dándole bidones de agua en cada curva para que ni le pillen los de atrás ni el 'Tío del mazo' haga de las suyas. Y para llegar a lo más alto aún queda lo suyo, así que aquí no se puede relajar nadie, porque arriba hay que llegar, sea cuando sea, aunque sólo nos queden las llantas.

A Isa, como a todos, se le borró la sonrisa de un plumazo cuando el San Fernando empató en el noventa y tantos, gol que fue merecido pero que no deja de ser mala leche. Eso sí, estoy seguro de que esa misma noche, todavía con el cabreo en todo lo alto, ella echó la vista atrás y, recordando todo lo pasado, lo que estuvo a punto de suceder y rememorando el ambiente que envolvió el duelo, tenía su corazón aun más hinchado de orgullo que a media tarde. Y con razón.

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