Análisis

Eduardo j. sugrañes

¡Viva la afición!

La celebración cofrade de la Semana Santa es un hecho que está vivo y esa frescura es la que le da una dimensión especial, que le hace ser actual y conectar con facilidad con la sociedad en la que se envuelve. Ese aire fresco que tanto gusta a veces ha traído un poco de carboncilla de una naveta en la que más que incienso se hubiera echado carbón. Por eso en la Semana Santa hay que estar siempre alerta y atentos, pues la importancia de su mensaje, lo que representa y el gran número al que se dirige como al que envuelve, le hace especialmente atractiva para la llegada de manipuladores y de quienes la quieren desposeer de todo su contenido catequético y de mensaje de fe.

Muchos interesados, a veces desde el mismo poder, la han querido desnaturalizar, manipularla para vaciarla de todo.

No han podido hasta ahora con ella quienes pensaban que con la llegada de la democracia esto iba a desaparecer. Incluso hicieron sus correspondientes esfuerzos. No fue así y hoy día está consolidada como la manifestación popular más importante de todas las que tiene lugar en el año en nuestra ciudad, como en el resto de poblaciones de Andalucía.

Sin embargo, a veces el enemigo sale de dentro, en este caso de debajo de las trabajaderas y acuñan un vocablo que viene a desnaturalizar el sentido de la celebración, se le ofrece a quienes estuvieron siempre frente a la Semana Santa un argumento para señalar que esto es puro teatro.

Según la RAE, devoción es "amor, veneración y fervor religiosos". Mientras que afición es "el conjunto de personas viva mente interesadas por un espectáculo o partidarias de una figura o un grupo que la protagoniza. La afición colchonera". En las cosas de Dios no se tiene afición, lo que las mueven es la devoción.

Aquí, a diferencia del fútbol, no hay peñas, son hermandades.

Cierto que afición según la RAE es "la actividad que se ejerce cuando no se es profesional". Como todo arranca del mundo del costal, que muy buenas cosas ha traído a las hermandades pero otras no tanto, esto de lo profesional tiene su importancia. Siendo hoy una realidad que cuadrillas completas de hermanos costaleros existen bien pocas, que la mayoría de los pasos están flojito de personal y que se nutren de la generosidad de jóvenes costaleros que vienen a echar una mano y de aquellos capataces que tienen hoy tantos costaleros como las cuadrillas de profesionales, se ha acuñado el nombre de aficionado para aquel costalero que no es hermano de la cofradía, que le gusta sacar pasos y que acude a la llamada de su amigo capataz; y se les olvida al que lo llama -con interés o no- que el costal se lo ponen porque creen en el que va arriba.

El término aficionado no hace justicia a la generosidad de los muchos costaleros que sin ser hermanos de una cofradía y sin recibir emolumento económico alguno hacen posible hoy día que los pasos salgan a la calle.

Al final todo aparece desvirtuado con la palabra afición, que está llegando al colectivo de jartibles de las cofradías que algunos pasan a llamarse buenos aficionados de esto. Que no es ser cofrades, sino aficionados a la Semana Santa.

El problema es que pasemos de esa frase "mi niño es muy cofrade" a "mi niño es muy aficionado a las cofradías/Semana Santa". El problema es que la fe la dejemos por el camino; que es lo que otros quisieron siempre y ahora parece que lo van a conseguir.

La afición, por tanto, es la que va en avalancha a un campo de fútbol, no la que inunda una alameda o la avenida de una cuesta para acompañar a las imágenes de su devoción. Desde esta terminología algunos pretenderán desnaturalizarlo todo y habrá quien quiera gritar también: ¡Viva la afición!

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