La crisis provocada por la guerra en Ucrania se superpone a la de la pandemia y ambas hacen que el futuro inmediato de la economía europea resulte confuso. En realidad, han sido tres crisis mundiales en algo más de una década, ninguna de ellas de carácter cíclico o de demanda, pero todas devastadoras por la facilidad del contagio en el contexto global. La primera (2008) provocada por una burbuja especulativa inflada irresponsablemente por bancos y otros intermediarios, hasta provocar su devastadora explosión. La segunda de origen sanitario, pero con un impacto económico inaudito debido al cierre del comercio y el transporte. La invasión de Ucrania no tendrá, salvo imprevisibles, consecuencias globales similares, pero su repercusión sobre Europa, que trasciende la dimensión estrictamente económica, está siendo, y lo será más en el futuro, excepcional.

En este incierto y convulso escenario surge el problema de la inflación, que obliga al BCE a contemplar la posibilidad de modificar la política de tipos de interés. El dilema es mantener en cero el tipo básico, al que los bancos le piden préstamos, con el fin de ayudar a la maltratada economía Europa en su difícil recuperación, o subirlo para impedir que la inflación acabe por incrustarse en el conjunto de sistema productivo a través de los salarios. En Estados Unidos practicaron la semana pasada la mayor subida, medio punto, del siglo y lo llevaron al 1%, pese a que la economía cayó 1,4% durante el primer trimestre. La Reserva Federal da, de esta forma, prioridad a la inflación sobre el desempleo porque, según su presidente, tanto el consumo como la inversión y el empleo, siguen siendo elevados y estimularlos en plena crisis de oferta (de suministros) no es lo más conveniente para la inflación.

La situación en Europa es más compleja porque la guerra está en la puerta atrás. Subir tipos incentivaría el ahorro y la inversión en renta fija, desanimando la bolsa. También frenaría el consumo y la inversión al encarecerse los pagos aplazados, pero atraería ahorro externo e impediría que el interno se marche a Estados Unidos tras la última subida. Se apreciaría el euro, perjudicando al turismo y a las exportaciones, pero reduciendo la factura energética y la del resto de las importaciones. En definitiva, un galimatías de reacciones a corto plazo que confunden la respuesta a la cuestión fundamental de cuál es el nivel adecuado del tipo de interés y porqué tan estrecha relación con la inflación.

Para entenderlo de forma sencilla supongamos que un amigo me pide prestada una determinada cantidad de dinero, que me devolverá en un año. Lo razonable es que, cuando lo haga, me entregue una cantidad que me proporcione, al menos, un poder adquisitivo similar al actual, es decir, incrementada con la inflación. La diferencia es el tipo de interés del préstamo que, como se ve, debe estar vinculado a los precios, aunque con un pequeño, pero importante matiz. El tipo de interés pactado debería estar vinculado a la inflación futura, es decir, a la esperada, pero no a la pasada. Un detalle que con frecuencia se escapa en los pactos por pagos aplazados y limita la eficacia de la lucha contra la inflación.

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