Análisis

José Vilaplana Blasco

Salud de los enfermos, rosa temprana

Salud de los enfermos, rosa temprana Salud de los enfermos, rosa temprana

Salud de los enfermos, rosa temprana

Así se llama a la Virgen del Rocío en las seguidillas de Muñoz y Pabón, así, en este año tan especial, marcado por la pandemia del Covid-19, me quiero dirigir a María llamándola como la ha denominado el pueblo cristiano como fruto de una experiencia de siglos: Salud de los Enfermos. Así la ha invocado también el Papa Francisco en su oración con motivo de la pandemia, diciéndole: “sabes que tenemos necesidad y estamos seguros de que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba”.

Desde hace siglos nuestra tierra acude a María, bajo la dulce advocación de Nuestra Señora del Rocío, para pedirle salud. Ahí está la historia de la devoción para corroborarlo: la cantidad de oraciones que han subido hasta María a lo largo de los años, los traslados a Almonte con motivo de epidemias, los exvotos, las súplicas de los pobres en las enfermedades... ¡Qué caudal de misericordia hallada por tantas almas atribuladas! Esa es una experiencia histórica en el discurrir de la devoción rociera.

El canónigo hinojero Muñoz y Pabón retrata muy bien lo que es la procesión de la Virgen del Rocío, y las súplicas salidas del corazón y dichas a grito vivo por los peregrinos, entre las que sobresalen éstas, que pueden describir muy bien la situación actual: “¡Salú y trabajo, Maecita mía! ¡Que no haiga que llevarlo al hospitá, Madre mía del Rocío (...) ¡Mi Antonio! ¡Mi Josefa! ¡Mis niños de mi centraña!” (La Blanca Paloma, pág. 77). Basta estar una tarde viendo pasar a las personas que se acercan a la reja, en las tardes silenciosas del Rocío de cada día, como me gusta repetir, para comprobar hasta qué punto estas expresiones de Muñoz y Pabón dibujan muy bien lo que es una gran realidad de lo que el pueblo experimenta: “aquella Virgen, con los ojos misericordiosos mirando siempre hacia abajo, para ver todas las miserias y todas las desventuras de sus hijos, compadeciendo sin término, socorriendo sin descanso, amparando siempre..” (Ibidem).

La Rosa temprana puede ser una imagen de lo que es María en este Pentecostés de 2020, en el que la ausencia de Romería no sólo no nos aleja de la Virgen, sino que nos acerca aún más. La rosa temprana es un signo de esperanza, de algo nuevo que tiene que comenzar. La rosa temprana está llena del rocío matutino, igual que María está llena del Espíritu Santo, impregnada de sus dones, y es una imagen de lo que debe ser la Iglesia, sobre todo en estos momentos tan críticos para la sociedad. Como pide el Papa a la Virgen, es necesario que se acreciente “el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos” (Carta a todos los fieles con motivo del mes de mayo de 2020), para que afrontemos así la cura de tantas heridas abiertas con motivo de esta pandemia. Muchas personas esperan ahora los signos de Cristo: que nosotros, como Él, lleno del Espíritu Santo, seamos capaces de evangelizar a los pobres, de sanar, de curar, de proclamar a los cautivos la libertad (Cf. Lc 4, 18).

Muñoz y Pabón llamaba al Rocío el “Lourdes del Condado”, por tantos enfermos que confiaban su curación a la Virgen del Rocío. Hoy nos aflige la dura prueba del coronavirus y también el miedo. Acudamos a María para que pueda volver la alegría y la fiesta, alegría y fiesta que caracterizan a la Romería, alegría y fiesta que nacen del encuentro con la Madre bendita del Rocío. Que Ella nos haga estar más pendientes del sufrimiento de todos nuestros hermanos y que reconozcamos en ellos el rostro de Cristo. Tengamos en cuenta que el lugar en el que veneramos a la Virgen del Rocío, como decía en la homilía del Año de la Misericordia, “se convierte así en oasis de paz y en “hospital de campaña” –expresión del papa Francisco–, en el que las heridas quedan curadas”.

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