Análisis

J. Antonio Mancheño Jiménez

Exdelegado provincial de Cultura

Punta Umbría con dolor

Fue en primavera del año 39 del siglo pasado cuando llegué a este mundo. Nací en la onubensísima calle Berdigón, bajo la atenta mirada del ginecólogo, don José Población y, como acontecimiento nacional, mi madre rememoraba el del fin de la guerra civil. Así pues, abrí los ojos en las primeras horas de una España desgarrada por el miedo y el hambre.

Escribo esto para que no se olvide la ascendencia y para atestiguar que envuelto entre pañales y mantilla, pisé por vez primera Punta Umbría aquel mismo verano. La suma es fácil, ochenta pleamares me contemplan y ochentas veces ocho las veces que sus aguas me han cubierto de sal, que he dejado mis huellas por dunas y arenales y he sorteado los esteros y burros en brazos de la María Luisa, el Juanito, la Belleza de Alicante, El Rápido, El Chimbito... extensa flota al visor de Pascasio y su tripulación.

Aquí echo pie a tierra por no perderme en la nostalgia de Adolfito en su aljibe, de Rafael y el Porras, de don Lorenzo, el cura, de Rosario, vestida de negro impoluto, en su hotel La Esperanza, de Vides, el cartero, de don Emilio, el médico, a lomos de caballo, de don Remi, de Pepe Figueroa (farmacéutico /alcalde) de don Camilo Bel, de Toni Vázquez y de Tatín Balbuena, de la Torre Almenara, vecina al cuartel de la Guardia Civil, de las catorce “casas de salud” inglesas, del Club Náutico, el Cinemar San Fernando, del Tercio, el Chachapoga y las pistas de Tenis, donde pervive aquel inolvidable Ángel... de otro ayer sin carreteras ni ruidos, sin fritangas ni suciedad y sin aparcamientos, sin arterias descarnadas repletas de baches, sin iluminación y olores fétidos, sin callejuelas asfaltadas con detritus de betún y grauvaca, sin cableado tercermundista ni botellones hasta el amanecer, sin esa indigencia permisiva y lesiva, sin ese Consistorio monosabio que oculta sus flaquezas, que ciega su mirada y acalla sus desdichas en detrimento de una gran parte de su población, mientras badenes y arquetas fétidas se eternizan, cableados y farolas acampan sin respeto urbanístico, las algas en la orilla esparcen su poder nauseabundo o la “carga y descarga” ignora sus horarios y para colmo, el “camión del tapicero” anuncia su llegada con estridencia sinfónica.

No es que ya, nada sea igual. No es que todo ha pasado y el progreso nos ha catapultado hasta llegar a ser una playa ampulosa a quién no importa perder sus banderas azules y donde se amortajan las obras de rehabilitación y modernización, precisas para albergar a tanta muchedumbre estival.

Por desgracia, las/los regidores de la citi viven de espaldas a la realidad y habiendo sido el primer municipio costero, ensalzado por su benignidad climática, luminosidad y naturismo salvaje, ha pasado, contraviniendo su herencia, a conquistar el último peldaño de la costa, mientras crecen, ordenadamente, poblamientos casi desconocidos hace años.

Preguntados los supercicutas, responden aduciendo la precariedad de la Corporación, la carencia de medios humanos y materiales (sin mencionar los intelectuales) de un municipio responsable de garantizar la prosperidad de todos sus moradores, que por cierto, no contempla únicamente a los censados en la localidad, sino también, a quienes aportan, además de tasas e impuestos, su dinamismo adquisitivo en el comercio local, lo que requeriría por parte del Ayuntamiento, un trato más acogedor y superador de tanto descalabro, entendiendo que sin ellos y sus ingresos, cotizarían, aún más a la baja en su constante inanidad.

Ya sé, ya sé, que la Punta de ayer ha desaparecido, pero no para ofrecernos otra adaptada a los índices del progreso, a los procesos interactivos de sostenibilidad, economía de escala y excelencia turística. Eso debe sonar a chino en la Casa.

No es suficiente el logo de “sol y playa, sombrilla y cervezón”. Eso pasó a la historia. Pasan los años y nos acangrejamos en la banalidad, y la desidia. Así nos va, cayendo a plomo sin que nadie lo impida, ni desvele aquella letra del fandango: “Quién sería aquel chiquillo/ que vimos en Punta Umbría/ con el yunque y el martillo/ y nos dio los buenos días /cantando por fandanguillo”.

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