Celebración El Rocío refuerza su seguridad este fin de semana con motivo de la celebración de la Candelaria

Boris Johnson no dimitirá por sus fiestas durante el confinamiento, pero es probable un alto coste electoral para su partido. También debería tenerlo el que por ningún lado aparezcan las promesas de prosperidad tras el Brexit, pero en su partido confían, aunque no todos, que una crisis oportuna sirve, si se sabe aprovechar, para disimular los desperfectos más escandalosos e incluso para reprochar al rival por regocijarse en la desgracia, en lugar de colaborar en la solución.

La crisis provocada por el Covid-19 ha dado, pese a la devastación, un juego inmenso al oportunismo político insolente y la invasión de Ucrania promete prolongar la desfachatez. Suena a perversión irreverente, pero funciona. Cuando el gobernante reprocha al rival la crítica en circunstancias excepcionales y el rechazo a sus propuestas, hasta en el observador imparcial aparece un cierto grado de comprensión. Las crisis oportunas, sobre todo las de origen ajeno, tienen esta particularidad: hasta los errores más extravagantes se diluyen entre sus calamidades.

Cuando las circunstancias lo exigieron, se aceptó sin rechistar el descontrol del déficit y el endeudamiento público. Asumimos que, en un contexto de respaldo y complicidad internacional, el coste real de no hacerlo habría sido mayor que el del desequilibrio financiero, pero también que en algún momento habría que empezar con las reparaciones y el final de las extravagancias. Mientras tanto, manga ancha con derechos y libertades, con garantías democráticas, con la transparencia y con el abuso del decreto. En definitiva, un entorno comprensible para casos de urgencia, pero también propicio para el abuso de desaprensivos e insolidarios. Lidiamos en estos días con las comisiones indecentes por las mascarillas y otros suministros similares durante la pandemia, aunque también se reconoce la ejemplaridad y la legitimidad de las ganancias de los que supieron reaccionar con prontitud y eficacia ante la necesidad, especialmente en el terreno de las vacunas y remedios contra la enfermedad.

La invasión de Ucrania ofrece al político oportunista una nueva posibilidad de disimular la naturaleza fundamental de problemas internos, como el de la inflación. Ante situaciones complejas que exigen medidas de eficacia no garantizada, pero de elevados costes de popularidad, la confusión en el diagnóstico y la intervención de baja intensidad es una opción. Ocurrió durante años con el conflicto catalán y vuelve a ocurrir con la inflación, sobre todo si existe la posibilidad de descargar las culpas sobre un personaje tan despreciable como Putin. Un plan a medio y largo plazo para encauzar el déficit y el endeudamiento público, entre cuyas medidas figure la reducción del gasto político que soportan los presupuestos, sería una iniciativa coherente con el problema de inflación, pero también inoportuna por lo cargado del horizonte electoral inmediato. En tales circunstancias, la propaganda descabellada gana enteros como recurso, como la del propio Putin sobre sus ayudas humanitarias en Ucrania. Afortunadamente, queda el consuelo, que apuntaba Orwell, de que las verdades sobre la guerra nunca resultan aceptables para los que no combaten.

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