Me produce aún bastante curiosidad la atmósfera que hay en torno al Decano para afrontar el curso. La punta del iceberg de tal -de momento- idílico ambiente es el entrenador, Alberto Gallego, quien desde el primer día ha logrado ganarse a gran parte del personal con sus mensajes directos y sin ambages ("aquí sólo vale ascender y no quiero ni media excusa de nadie") y solicitando unión para afrontar el reto (el famoso "todos a una"). Sus habituales interacciones con medios y aficionados, a las que se van sumando miembros de la plantilla, no han hecho más que contribuir a fomentar una, hasta ahora, desconocida cercanía que quizás, no lo niego, era más que necesaria tras la deshonra perpetrada por el club y por el equipo en el pasado más reciente.

A mí este clima no me disgusta, al contrario, me sorprende y hasta agrada puesto que siempre pensé que tras el imborrable desastre (porque estamos en la inmundicia, algo que no se puede olvidar por mucha musiquita épica que se ponga de banda sonora) iba a costar muchísimo más recuperar las ganas y la ilusión a todos los niveles. Pero esto no es nuevo. Yo vengo a recordar aquí, cual cascarrabias, las toneladas de esperanza que hubo el verano de Casquero, Marc, Boris, Lazo, Luque y compañía o tras la llegada de Chuli, Rivero, Isi Ros, Cruz y los casi 11.000 abonados de hace dos campañas, por no hablar del anhelo que teníamos todos hace un año por un buen curso que nos dejara en esa PRO tan cacareada. Las pretemporadas tienen estas cosas y bien está que así sean: duran tanto que uno vibra con su nuevo carnet, con las nuevas equipaciones que llevan el escudo del equipo más antiguo de España, con los fichajes conocidos, con los exóticos y con lo que sea.

A mí no se me olvida ese Atlético de Madrid que iba a pasar "un añito en el infierno" y pasó dos; y nosotros no habitamos el infierno, sino algo bastante peor. Pensar que este curso será de baño y masaje es un error mayúsculo por mucho nombre que tengamos y por mucho rival desconocido que haya enfrente. Ni el lavado de cara de los despachos, ni el de la plantilla, ni el modo zen actual general ni unas simples goleadas pueden ocultar el bosque. Cuidado con tanto azúcar, que empalaga. El mejor buenrollismo debe llegar el 24 de abril. Hasta entonces, cuchillo en los dientes. Y a luchar.

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