De libros

La novela de un francotirador

  • La lucidez comprometida de Francis Vaz en 'Peces de colores'

La publicación de la novela Peces de colores del autor Francis Vaz por la Editorial Niebla constituye un acontecimiento sobre el que merece la pena detenerse para ayudar a distinguir las voces de los ecos en el siempre confuso panorama cultural y en este momento de aparente renacer del movimiento literario en Huelva.

Antes que nada hay que decir que la novela Peces de colores es una novela, y sirva esta aparente perogrullada para dejar claro el género al que se adscribe en estos tiempos convulsos en el que los géneros se entremezclan -y hasta se diluyen- fácilmente. Pero decir solamente que es una novela, siendo mucho, es poco decir. Somos muchos quienes defendemos, como James Joyce, el bendito loco aquel creador de Los Dublineses o Ulyses por ejemplo, que en narrativa importa más cómo se cuenta que lo que se cuenta.

Creo que Peces de colores es una novela que desafía al lector, atrevida en su artificio técnico y exitosa en su resultado. Porque es una novela coral, llena de personajes entrelazados en donde el autor asume el más difícil todavía: no es una novela escrita desde el punto de vista omnisciente, desde la tercera persona, sino que está escrita en primera persona, con las dificultades y las limitaciones en la construcción de personajes que esa apuesta conlleva. Pero es más: no hay sólo una primera persona narrativa, hay tantas como personajes, hasta el punto que la historia o historias fluyen solas como si no existiese un narrador, como si el autor hubiera cedido todo el espacio a los personajes que crecen, se multiplican y alguno muere en el arcén de la historia. Pero ya dije que no sólo es una novela. En algún lugar de las redes sociales, escribí, después de la primera lectura de la misma, cuando todavía era un manuscrito, o eso que se llama ahora un mecanoescrito en formato Word -invitado por una mano amiga para leer el borrador aún ignorándolo el autor- que si yo hubiese leído antes Peces de colores hubiera escrito mejor mi propia y única novela, o sencilla y más apropiadamente, no la hubiera escrito. Porque es un magisterio de Literatura.

Al adentrarse en la misma los lectores podrán valorar la tarea inmensa y el riesgo evidente que asume el autor desde el punto de vista técnico: si compartimos con alguno de los maestros de la Literatura que la poesía es arte y la novela artesanía, el lector que se asome a las páginas de Peces de colores va a encontrar un trabajo de artesanía, de orfebrería, del que apenas será consciente una vez que avance en su lectura. El andamiaje técnico y coral de la novela queda en un feliz segundo plano al tiempo que la prosa y la historia cautiva a quien se adentra en sus páginas, fluyendo de forma suave de un personaje a otro con un fondo de música de blues. Que nadie espere una novela efectista llena de palabras grandilocuentes, y sobrecargada de adjetivos innecesarios: no es ése el estilo de autor. El autor se mueve en otro registro, contando con la mirada cómplice del lector en un lenguaje sostenido por un discurso unitario a lo largo de la obra. El lenguaje, y el estilo, se acomodan al contenido, afortunadamente y no al revés, y puede verse un ejemplo paradigmático de lo que digo en el capítulo dedicado al personaje pandillero. Se preguntarán ustedes por la etiqueta que debemos ponerle a esta obra, pero ello, en éste como en otros muchos casos de novelas de Autor -no de best-sellers fabricados en cadena como zapatos que buscan la complacencia silenciosa de su público, el nicho de mercado al que van destinados- sencillamente no es posible. Es, sencillamente, Narrativa, y la buena narrativa ha hablado siempre de la vida, con todas sus agonías y pasiones, y de la muerte.

Y para ello el autor nos engaña desde las primeras páginas, nos muestra un espejismo de ficción, incrustando elementos casi del realismo mágico en "ese anciano mágico, con el asombro de un niño en la mirada" -como se describe en la contraportada- y en poderosísimas escenas visuales llenas de una plasticidad encomiable como la que habla del ángel alado que nace tras sembrar semen en la tierra (pág.45) para finalmente lograr su propósito de aterrizar al lector en el realismo más descarnado. Pero cuando hablo de "realismo descarnado" que nadie se confunda, no me refiero a eso que se ha dado en llamar realismo sucio. Peces de colores es una novela de realismo comprometido, un reflejo de la mirada de francotirador que Francis Vaz tiene sobre el mundo que habitamos, crítica, ácida con la vida que llevamos y que posiblemente parte de una amargura inicial enunciada en la propia novela -el nacimiento fue la última victoria, desde entonces todo han sido derrotas- y que sospecho que se entronca con esa posición vital y filosófica que caracterizaba al filósofo Cioran, al que confiesa haber leído, cuando decía que "el error es haber nacido / y hay que pagarlo".

Es una mirada crítica sobre la realidad que usa para ello personajes y situaciones que tienen como denominador común la búsqueda de la redención o de la liberación de un mundo mercantilizado y hostil donde el ser humano, el individuo, es solamente un número cuyo dolor a nadie importa sino a sí mismo y cuyo mayor consuelo es verse reflejado en los demás individuos que comparten esa sensación. La búsqueda de la redención la presenta el autor a través de algunas metas, y yo creo adivinar, que la redención que propone es el camino del amor, no sólo el de pareja, el amor sin adjetivos al prójimo y a los seres que nos rodean: quizás mi conclusión esté equivocada, pero como es sabido la novela, una vez publicada, es de cada lector que la integra en su biografía, en su patrimonio emocional. A mí me llegó, en estas lecturas cómplices, ese mensaje que me hizo evocar muchas veces el lema aquel de los liberales del siglo XIX, tan tímidamente revolucionarios en sus resultados como clarividentes en sus proclamas cuando decían, anticipándose a los lemas de mayo del 68, a esa búsqueda de la playa bajo los adoquines: "¡Abajo lo existente!". Francis Vaz propone, en suma, una mirada ácida sobre la sociedad de nuestro tiempo, sobre los hombres de nuestro tiempo y sobre el destino individual y colectivo.

No voy a hacer ningún adelanto, eso que llaman spolier de la obra, pero frente a esa constatación, la novela invita una y otra vez a través de personaje como Dolors que se pasea desnuda, del Tío Prudencio que camina con su asno Platero, del poeta loco vestido de soldado romano y de mil ejemplos más a la búsqueda de un valle, de una tierra nueva donde pueda reinar la esperanza, aún siendo conscientes como el autor escribe en la página 37 que "La mayor de todas las mentiras es… la esperanza".

Acabo. Con todo lo anterior quiero decir que, pese a esa realidad y esos presupuestos, Peces de Colores invita a la reflexión, a la necesidad de mantener la esperanza, a usar dicha necesidad como una prótesis para sobrevivirnos, a plantearnos otro horizonte distinto a la realidad putrefacta y egoísta, caníbal en suma, que nos rodea y evitar de ese modo saltar de un quinto piso o descerrajarnos un tiro en la nuca.

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