Cultura

Ni nihilista, ni absurdo: en la cima del deseo

  • En el 25 aniversario de la muerte del Premio Nobel Samuel Beckett

Si hacemos caso a Harold Bloom, el canon de la literatura occidental se cierra con Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989), autor de una influencia decisiva en la cultura contemporánea cuyo prestigio va mucho más allá del Premio Nobel que ganó en 1969. Esta semilla resulta especialmente constatable en las artes escénicas (no sólo por la continua reposición de títulos como Esperando a Godot y Fin de partida, sino, más aún, por la hegemonía de la estética minimalista y de music hall que imprimió a su teatro), así como en las artes plásticas a cuenta de su cruda representación de la humanidad (Francis Bacon se cansó de que le compararan con su compatriota y dijo preferir a Shakespeare; la posteridad, sin embargo, y como cabía esperar, ha puesto las cosas en su sitio), en el cine y en la narrativa (Justo Navarro ha llamado la atención más de una vez sobre la síntesis de novela culta y novela popular que reside en Molloy, con sus tintes tanto proustianos como policiacos; por no hablar de lo que deben a Beckett títulos claves del catálogo underground como Motorman, de David Ohle). Esta semana se han cumplido 25 años de la muerte de Beckett, acontecida sólo seis meses después de la de su mujer, Suzanne, con quien comparte sepultura en el cementerio de Montparnasse en París. Y en virtud de esta influencia y del cierre del canon (donde ocupa, en realidad, una de las cimas universales), cabe volver, una vez más, a Beckett y sus circunstancias.

Resulta significativo que, por más que Beckett sea reivindicado hoy por jóvenes creadores del más distinto pelaje, a menudo es citado como profeta de dos paradigmas con los que nunca se identificó (y de los que, más aún, abjuró con vehemencia): el absurdo y el nihilismo. A menudo recuerda Fernando Arrabal el día en que, estando el de Melilla de visita en casa de Beckett en París, llegó el envío de un libro de un crítico norteamericano en el que ambos dramaturgos figuraban entre los más destacados exponentes del teatro del absurdo. Al ver aquello, cuenta Arrabal, Beckett tiró el libro a la basura tras decir: "Mira, Fernando, ya tienen una etiqueta en la que meternos". Beckett no soportaba la idea de que su obra era absurda; pero tampoco la de que lo negaba todo, esto es, de que no decía nada. Su obra narrativa y dramática remite, cierto, a Proust, pero también a Dante, Calderón y, finalmente, al platónico Mito de la caverna, en la expresión de una vida que se sabe contingente, finita, sometida a confusiones (como en La vida es sueño, los personajes de Beckett, casi siempre tullidos, no distinguen entre vida y muerte, entre lo que hay antes y después del nacimiento: toda muerte es para ellos un aborto, en la medida en que nadie termina de nacer nunca) y en la que la esperanza, por tanto, no puede sostenerse sin dolor; un paradigma hecho carne de cañón para agoreros, pesimistas y, éstos sí, nihilistas de carnet.

Sin embargo, 25 años después de su muerte, convendría ir promoviendo a Beckett como merece. Y, para ello, nada mejor que el ensayo Beckett: el infatigable deseo del filósofo francés Alain Badiou, publicado recientemente en España por la editorial Arena Libros. Su premisa es aplastante: "No, la obra de Beckett no es lo que siempre se nos ha dicho que era: desesperanza, absurdo del mundo, soledad, degradación...". ¿Y qué es, entonces? Justo lo contrario, concluye Badiou: uno de los esfuerzos más titánicos de la historia de la literatura por consagrar el valor de la vida como bien último, más allá de sus contingencias y términos: aun encadenada, frustrada, mutilada, puesta de espaldas a la realidad y confundida a merced de las sombras, aun creyéndose muerte, en fin, la vida siempre debe ser vivida. El axioma parte de principios similares al imperativo kantiano: la vida es más que sus límites. Así, en el caos dantesco que es la obra de Beckett, el suicidio se sugiere, no se niega (el lazo de soga en Godot, la pistola en Días felices), pero no se ejecuta. Sus personajes viven, y esta resistencia expresa un deseo proverbial. Es este deseo el que los hace hombres. Y, tal vez, la mejor literatura jamás escrita.

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