Libros | Antonio Hernández

El deseo... y la realidad

  • Carpe Noctem recupera la novela 'La leyenda de Géminis' del poeta Antonio Hernández

Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1948). Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1948).

Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1948).

“Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”. Con estas palabras cierra Lázaro de Tormes el cuento de su vida; unas palabras que, al margen de lo aparente, ocultan muchas aristas, encierran muchos pesares: senequismo, amargura, sentido de la realidad…como aquel “nadie es perfecto” de Con faldas y a lo loco: así es la vida. Y muy bien podría haber tomado prestadas Antonio Hernández estas palabras del autor, sea éste quien sea, del Lazarillo para cerrar su novela, o las de Billy Wilder.

El montaje de La leyenda de Géminis se articula a partir de dos personajes: el narrador-protagonista, Antonio-Antonius, y su mentor, don Jonás; narrador-protagonista y mentor que recuerdan mucho en sus relaciones a aquellos personajes de La guerra de las galaxias, Luke Skywalker y Yoda, pero desacralizados, a la gaditana, si eso es algo; la solemnidad, lo plano de los personajes de George Lucas se truecan llaneza y complejidad en los de Antonio Hernández. Don Jonás, el Yoda gaditano, comparte con el galáctico un lenguaje alambicado y medio ininteligible, e incluso un físico contrahecho e inolvidable, pero se diferencia en su imprevisibilidad, que es lo que se dice que hace grandes a los personajes de las novelas, no vamos a saber cabalmente quién es el tal don Jonás hasta el último capítulo, e igualmente al narrador, que carece absolutamente de la candidez algo tontuela del amigo americano, y será al cierre de su historia cuando sabremos cómo se las gasta.

Alrededor de estos dos personajes centrales, pícaros ambos a su manera, desfila todo un carnaval de seres peculiares, algo estrambótico alguno, que conforman un retablo bastante acertado de lo que fueron los últimos años del franquismo y la llegada de la Transición vistos desde la peculiar perspectiva de un pueblo andaluz.

Portada de 'La leyenda de Géminis'. Portada de 'La leyenda de Géminis'.

Portada de 'La leyenda de Géminis'.

Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, 1943) es uno de los poetas más reconocidos de nuestras letras, además de articulista, ensayista y, claro, novelista. Como poeta ha recibido el premio Adonais, el Miguel Hernández, el Vicente Aleixandre, el Tiflos, por dos veces el Nacional de la Crítica, el Premio Nacional de Poesía… Como narrador, el Andalucía de Novela y el Internacional de Torremolinos, y está traducido también a muchos idiomas.

Su narrativa entronca con una de las más nobles tradiciones de la lengua española –que luego pasaría a todo Occidente–, la picaresca, el otro pilar, junto con El Quijote, en el que se sostiene la novela moderna. A lo largo de las páginas de esta historia hay un derroche de erudición para nada gratuita, ya que es precisamente lo que va a caracterizar a sus personajes principales; igualmente el estilo, rico y cuidado, salta desde la primera página para envolver al lector hasta el punto y final, estilo ajustado a la perfección a los lances y a las cabezas que lo protagonizan.

Maestro y pupilo

Pero, como decía más arriba, todo gira en torno a don Jonás y su pupilo, el narrador. Dos visiones del mundo que, finalmente, y contra todo pronóstico, se terminarán por juntar. Atendiendo a aquellas tan cuestionables categorías académicas del Siglo de Oro, muy bien se podría calificar el perfil de don Jonás de culterano frente al conceptista del pupilo, Góngora y Quevedo, aunque al final, como don Quijote y Sancho, se terminarán por fundir los perfiles.

Don Jonás vive envuelto en una diarrea léxica de sentido dudoso y fraudulento, un “tío retrónico”, que se dice por aquí; mientras que el pupilo intenta que toda aquella parafernalia termine por significar algo, tenga algún sentido, termine por ser de provecho; el primero es un teórico, un griego, el segundo, un pragmático, un romano.

La narrativa de Antonio Hernández entronca con una de las más nobles tradiciones de la lengua española, la picaresca

Pero en medio de tanto disparate, la historia es, ante todo, una especie de apólogo que aboga por el sentido común: el mundo es un sitio feo, es peligroso ir por él de estupendos; todo, como Géminis, es dual, ya habló así Zaratustra: todas las criaturas estamos hechas de Luz y de Tinieblas.

“Arrimarse a los buenos, por ser uno dellos”, nos dice irónico Lázaro de Tormes. “Es obligado aullar con los lobos si quieres correr con ellos”, concluye Antonio-Antonius, aunque haya alguno por ahí que pueda llamarle a todo esto chaqueteo, qué le vamos a hacer.

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