Cultura

El legado de John Hughes

  • Conocido como 'el rey de la comedia adolescente', Hughes firmó una serie de títulos de culto que capturaron el espíritu de la generación de los ochenta

John Hughes (Detroit, 1950-New York, 2009) ha venido a morirse justo cuando empezaba a despuntar un tardío reconocimiento a su contribución a la comedia adolescente como uno de los géneros más populares y definitorios del cine norteamericano de las últimas dos décadas. Un género protagonizado por adolescentes y destinado a adolescentes que ha luchado siempre contra el desprestigio crítico al tiempo en que exhibía su condición de producto de entretenimiento orientado a esa nueva franja mayoritaria de público que, desde mediados de los años setenta, es en realidad el "público" que engrosa las arcas de la industria del cine.

Desde dentro o en los márgenes del mainstream hollywoodiense, directores como Judd Apatow (Lío embarazoso), Gregg Mottola (Adventureland), Richard Linklater (Dazed and confused), Ben Stiller (Reality bites) o Wes Anderson (Academia Rushmore) reivindican hoy en sus películas la herencia y el espíritu agridulce de aquellas comedias adolescentes de los ochenta ambientadas en institutos o en centros comerciales auspiciadas por Hughes, en una nueva fórmula de comedia existencial que dio carta de naturaleza al teenager y a la adolescencia como figuras y ámbitos desde los que proyectar y desarrollar eternos conflictos de identidad en un contexto suburbano de clase media (casi todos sus films transcurren en la pequeña ciudad de Shermer, Illinois) puntuado por irresistibles canciones pop (de The Psychedelic Furs a los Simple Minds) de la era MTV.

Títulos, algunos de ellos de verdadero culto con el paso de los años, como Dieciséis velas (1984), El club de los cinco (1985), Pretty in pink (1986), La mujer explosiva (1986) o Todo en un día (1986), merecen ser revisados hoy como reductos de una filosofía de la comedia que no sólo definió una serie de estereotipos (el empollón, el rarito, el deportista, el triunfador, el chulito, la rebelde, la reina de baile, etc.) que han seguido funcionando con efectividad en las sucesivas derivas del género (de la vertiente más grosera y hormonal de la saga American Pie, a sátiras inteligentes como Election), sino que localizó en los rituales de tránsito a la madurez (o lo que es lo mismo, el paso del instituto a la universidad, del pueblo a la gran ciudad) un fértil territorio de posibilidades narrativas que recogían y exploraban las transformaciones sociales de la clase media norteamericana.

Las películas de Hughes contribuyeron también a perfilar una nueva topografía visual de la comedia al situar muchas de sus historias entre las cuatro paredes del aula, entre los muros del instituto o en las escaleras mecánicas de los centros comerciales, escenarios que no sólo definen una época y un modelo urbano sino que se proponen como marco idóneo para que sus criaturas proyecten y desvelen sus identidades, siempre en conflicto, siempre pendientes de definición entre la masa y más allá de los estereotipos predeterminados.

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