Cultura

Sobre el horror, la codicia y la esperanzaHumor y melancolía

  • No existe mejor forma de contar África que de arriba abajo, desde la megalomanía hasta las aldeas de adobe

No, Jon Lee Anderson (California, 1957) no es el heredero de Ryszard Kapuscinski. Sus estilos son distintos, casi opuestos. El polaco, fallecido en 2007, practicaba una suerte de realismo mágico; ésa fue siempre su virtud y también su debilidad. Anderson, igualmente ubicuo e igualmente próximo a las esferas más altas del poder del Tercer Mundo, busca la verdad muy por encima de la belleza. Su pluma es más anglosajona, más fría, más cirujana. Y lo demuestra una vez más en La herencia colonial y otras maldiciones, una colección de diez reportajes publicados en The New Yorker entre 1998 y 2012.

El método se repite crónica tras crónica. Los testimonios sobre el terreno dejan paso a entrevistas con tiranos, ogros redimidos, oscuros subalternos o nuevas esperanzas negras. Charles Taylor, Ellen Johnson Sirleaf, Moussa Dadis Camara o Sheij Sharif Ahmed ceden el testigo a conductores de ambulancia, médicos de campaña, guerrilleros, ex mamporreros del régimen o desharrapados, creando siempre un contraste brutal entre la reducida, hermética y a menudo aleatoria élite y el pueblo paupérrimo y maltratado.

Anderson nunca toma partido. No le hace falta. Avalado por un notable poso cultural y la habilidad necesaria para destripar sencilla y efectivamente la Historia, deja que hablen los datos y que el lector saque entonces conclusiones. A Taylor o a Gaddafi les pintan el lienzo la hemeroteca, los organismos internacionales, las mansiones y la megalomanía propia de quienes han mamado del pezón de la arbitrariedad ilimitada y seudodivina. El inmenso mérito del estadounidense es estar allí, pisar la alfombra roja y el polvo de los barrios de adobe para trazar la anatomía de África de arriba abajo.

El único defecto del libro es quizás la repetición de la estructura. La aproximación óptima pasa por dosificarlo, atacando un reportaje (un país) y parando, dejando que las páginas respiren y retomándolas unos días después, cuando otros libros y otras páginas lo hayan barbechado. Igual que un buen bebedor haría con un buen vino.

Cuando tiene la oportunidad, Jon Lee ejerce el arte de la entrevista. Si la docilidad es un mal común al periodista operativo en Occidente, imaginen el mérito que acumula quien destruye ese vicio en escenarios infinitamente más peligrosos. No es lo mismo enfrentarse a Taylor o Mugabe que a un ministro alemán o español. Tampoco es exactamente lo mismo ser blanco en Europa que serlo en África. Anderson desprecia el autoquejido, pero advierte cuando toca de las sombras que le vigilan, de las antipatías, los recelos y el miedo del sistema imperante al ojo escrutador del extranjero. Porque los reyes de allá pisotean a sus súbditos pero anhelan si no la complicidad, sí al menos los guiños, un moderado reconocimiento, un pase VIP a la sala donde el mundo desarrollado imparte sus lecciones de integridad. A veces lo consiguen, y ahí está de nuevo Anderson para recordar la dualidad moral de los estados, su codicia, el altar en que viven el petróleo y muchas otras materias primas.

Ocho países pasan por el escáner del reportero: Angola, Guinea, Liberia, Libia, Santo Tomé y Príncipe, Somalia, Sudán y Zimbabue. Como cada líder es diferente a los demás, como no siempre parecen guiados por las mismas pulsiones y aspiraciones, los contrastes son obvios. Todos los relatos de Anderson son buenos, todos están excelentemente documentados, todos permiten al espectador crecer, pero de la decena emergen, por su actualidad y la complejidad del protagonista, las dos cartas (así llama Anderson a sus crónicas) sobre Libia: Hijos de la Revolución y Rey de Reyes, el origen y el desenlace de un fragmento más de esa Primavera Árabe agridulce e incompleta (verbigracia: Egipto). A sorbitos, una perla de libro.

Jon Lee Anderson. Traducción de María Tabuyo y Agustín López. Editorial Sexto Piso. Barcelona, 2012. 295 páginas. 22 euros

Esta Luz de tiniebla de Ánxel Vázquez es deudora feliz de aquella otra que fabuló Cunqueiro. En ella se cruzan, pues, las alegres imaginaciones y el tono melancólico, la luz crepuscular, que Lorena utiliza para su Embarco en Ostia. También la vieja intimidad con el trasmundo de la gente galaica y una viva presencia del paisaje. Quiere decirse que Ánxel Vázquez pertenece a una compleja tradición, la tradición de "lo real maravilloso", como la llamó Carpentier, cuyo último heredero, algo desplazado hacia el Cantábrico, quizá sea el asturiano Xuan Bello. Antes, sin embargo, ha iluminado la obra de Valle, de Cela, de Fernández Flórez, de Torrente Ballester, de Ánxel Fole, de Otero Pedrayo, de este Ánxel Vázquez que hoy glosamos.

En Vázquez, no obstante, esta presencia de lo imaginativo bascula o se compensa por el eco funesto de la Guerra Civil y su atroz fusilería. De este modo, la fábula y la Historia se anudan sobre la vasta pesadumbre de aquella hora. Es pertinente, en cualquier caso, la distinción de Carpentier para aclarar este ramal de la literatura hispana. Si el realismo mágico señala una iridiscencia, un orbe sobrepuesto al orbe cotidiano, "lo real maravilloso" de Cunqueiro y Valle remite a la naturaleza mítica, sobreabundante, fabulosa, de la realidad y sus formas. Carpentier acude al ejemplo de Hernán Cortés, cuando declara a Carlos V la imposibilidad de describir el Nuevo Mundo con el parvo lenguaje de la meseta. No obstante, la realidad gallega que desvela Vázquez es, a un tiempo, intelectual y física. Lisón Tolosana ha estudiado con profusión el imaginario galaico y su pervivencia actual. Ese universo anímico es el mismo que asoma a las páginas de Luz de tiniebla. Páginas desiguales, muy bien escritas, con algunos relatos excelentes. En ellas la fatalidad y la magia son formas de un concepto agónico del mundo. De algún modo, la vida de los muertos, la noche y la robleda, nos hablan de un tiempo permeable, de un esplendor primero.

Ánxel Vázquez de la Cruz. Espuela de Plata. Sevilla, 2012. 158 págs. 16 euros

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