Exposiciones en Sevilla

Del encuentro entre el dadá y el barroco

  • José Ramón Sierra lleva a la galería La Caja Negra una exposición que es en sí misma una instalación, un espacio que juega con la idea del recinto barroco donde imágenes, ornamentos y reliquias trazan laberintos que pueden recorrerse en múltiples direcciones

'Choza de ramas, candelas y puñalada', una de las obras recogidas en la exposición. 'Choza de ramas, candelas y puñalada', una de las obras recogidas en la exposición.

'Choza de ramas, candelas y puñalada', una de las obras recogidas en la exposición.

Movidos por el afán de estar informados más que por el deseo de saber, buscamos, con frecuencia, la receta, la definición rápida o aun el tópico. Así ocurre con el dadaísmo. Decimos "el dadá es antiarte" y pasamos a otra cosa. Pero el dadá es mucho más que eso: si fustigaba las prácticas que se tenían por artísticas, era para urgir caminos que exploraran qué y cómo podía hacerse arte, cuando los gobiernos europeos enviaban a miles de jóvenes a morir en nombre de la nación. Las disparatadas acciones, en el Cabaret Voltaire, de Tzara, Huelsenbeck y Arp eran llamadas al arte para que se implicara en la más cruda realidad.

Esto lo entendieron muy bien los jóvenes estadounidenses que interrumpieron estudios y trabajos a causa de la Segunda Guerra Mundial: Robert Rauschenberg y Jasper Johns (llamados neodadaístas) no cultivaron la provocación sino que hicieron obras que se situaban, diría Johns, en los breves espacios que dejan libres el arte reconocido y la prosa de la vida.

El propio Johns defendía la mirada del espía frente a la del vigilante. El vigilante, como los de los museos, se limita a conservar impoluto el legado del arte (aun aislándolo en una urna). El espía, en cambio, intenta ver qué rutinas alimentan el arte y qué poética alienta en la prosa de cada día.

Estas ideas impulsaron las primeras obras de José Ramón Sierra (Olivares, Sevilla, 1945) y se advierten de nuevo en las obras expuestas ahora. Así, en Parihuela con huellas en la nieve: el placer que produce la exacta aplicación de la pintura (que recuerda a la de campos de color) de repente se interrumpe por las chanclas encadenadas y la pequeña imagen, abajo, de unos pies de rumbo incierto.

El objeto, por su prestancia, es sin duda una obra de arte pero su intención la debe rastrear el espectador. Rauschenberg tituló algunas obras Rebus (jeroglífico). No, no era un acertijo sino un modo de ofrecer al espectador elementos que le sirvieran para ser algo menos inconsciente del mundo en el que vivía. Esta base metafórica de la obra también se advierte en las de Sierra: vean, si no, los inquietantes ojos de No me miras.

'No me miras', otra de las obras que se muestran en la galería La Caja Negra. 'No me miras', otra de las obras que se muestran en la galería La Caja Negra.

'No me miras', otra de las obras que se muestran en la galería La Caja Negra.

Pero en estas obras, que conforman el espacio de la muestra más cercano al suelo, hay rasgos que pueden desconcertar: son las reiteradas alusiones al arte y cultura barrocos. Fragmentos de marcos dorados, la talla interrumpida de un capitel corintio escapado de un antiguo retablo. Sierra llega más lejos. Por ejemplo, ahí está el título de la obra que acabo de citar: Nevada alsaciana. Sobre la piedra que ocupa el sitio de la boca brota una espina. Está escrito en la obra. No describe ni explica; aumenta el hermetismo de la pieza.

Esas palabras abren un espacio textual frente al visual, e invitan al espectador a aventurarse por él. La metáfora es un campo cultivado por el barroco: desde las opulentas imágenes de Góngora y las densas y sutiles de Gracián o Villamediana, hasta los juegos de lenguaje pictórico de Velázquez a propósito de Cristo en casa de Marta y María.

'Nevada alsaciana'. 'Nevada alsaciana'.

'Nevada alsaciana'.

Sierra une las posibilidades que animan una cultura muy nuestra, la barroca, con las que alientan en la tradición dadaísta. Tal vez señale un vacío donde preguntarse qué puede ser y hacer el arte en este tiempo de cruda facticidad globalizada. El autor no responde, pero insiste en metáforas generadas entre la imagen artística y la que no lo es, entre la plástica y la palabra, valiéndose a veces de la ironía, como en la pieza en el muro derecho del fondo de la galería: mírenla con atención y advertirán qué se oculta bajo las hojas trazadas, los breves dorados y las varas pintadas de blanco. Lo dicen (y lo enmascaran) las palabras del título: Choza de ramas, candelas y puñalada.

No haría justicia a la muestra si me limitara a ver las piezas. El autor propone una instalación. No como la entiende el arte contemporáneo. Es más bien un espacio donde coinciden barroco y dadaísmo, la célebre muestra del dadá berlinés y esos recintos barrocos donde imágenes, ornamentos y reliquias trazan laberintos que pueden recorrerse en muchas direcciones. De ahí los trabajos de Sierra que reúnen pequeños objetos (Quinario o el pentagrama de Marcha Jean Arp) y otras como V, quizá una ironía sobre la metáfora barroca del sudario.

Tan peculiar instalación se manifiesta sobre todo en la relación entre los dos niveles físicos de la muestra. Me he ocupado hasta ahora del más cercano al suelo, pero arriba se suceden diseños de interés. Dejo ese recorrido al espectador. Sólo subrayaré una obra que conecta dos sillas con el título La espera: hablé antes de esta exposición como pregunta, y quizá esta obra pueda verse como una llamada de atención sobre qué futuro pueda, no esperar, sino construir el arte.

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