Cultura

La clave del enigma

Valiéndome del título de la inolvidable película de Joseph Losey, una hermosa realización, hoy no puedo menos de ocuparme del film, que supone con diferencia lo mejor de la cartelera. Aún aparece en alguna de nuestras salas cuando compongo este nuevo análisis, El escritor, de Roman Polanski, un inquietante y sombrío thriller, donde política e intriga juegan un importante papel para seducir al espectador más exigente. Una alquimia narrativa que con la base fundamental de un sólido guión y un inteligente sentido del ritmo narrativo, su notable dominio del encuadre y de la composición de los planos, sobre todo, sobresale como una de las virtudes que siempre han adornado al realizador polaco de origen judío, nacido en París y criado en Cracovia, adonde sus padres en una fatal decisión, optaron por regresar en 1937, sufriendo la persecución y la inmolación en el cruel holocausto perpetrado por los nazis de Hitler.

Ha sido evidente en la filmografía de Polanski, salvo algunas excepciones, aparte de la originalidad y calidad de su cine, un ámbito muchas veces claustrofóbico, opresivo, de personajes angustiados, sometidos a veces a depresiones, persecuciones, manipulaciones de todo tipo, en muchas ocasiones psicológicas y sexuales, en atmósferas de auténtica pesadilla y zozobra, como quedó patente en títulos tan notables como El cuchillo en el agua (1965), su primera película rodada en Polonia, donde se apreciaban los valores del aventajado alumno de la prestigiosa escuela polaca de Lódz, a la que seguirían inmediatamente después, dirigidas en Gran Bretaña, Repulsión (1965) y Callejón si salida (1966). Pero donde más se domina ese clima de intensa incertidumbre, de desasosiego e intriga acuciante es, a mi modo de ver, en La semilla del diablo (1968), su primer éxito mundial, un film inteligentemente dirigido y donde esa intensidad dramática se revela como la clave del enigma del talento del realizador para hacer de su peculiar narrativa uno de los más claros ejemplos de la mejor expresión del llamado cine negro con Chinatown (1974), realizada en Estados Unidos.

Siempre dejó su inconfundible sello en otras realizaciones que tal vez no llegaran a la altura de las citadas, si bien hay casos tan excepcionales como El quimérico inquilino (1974), fracasada en la taquilla y un tanto en la crítica, pero realmente espeluznante y sin duda su película más personal; Lunas de hiel (1992), La muerte y la doncella (1994), basada en la obra teatral del dramaturgo chileno Ariel Dorfam, y sobre todo El pianista (2002), su propia experiencia de la persecución nazi. Tras varios años de inactividad al ser acusado del presunto abuso y perversión sexual de la niña Samantha Galey, - cargos por los que fue detenido sorpresivamente el sábado 26 de septiembre 2009 en Zurich -, en los que ha desarrollado su actividad cinematográfica en Europa, adaptó la novela The ghost writer, del escritor inglés Robert Harris.

Éste es todo un trhiller político articulado hábil y sutilmente sobre la trama que vive un escritor contratado por un ex primer ministro británico, acusado como responsable de supuestas torturas y detenciones ilegales a miembros de Al Qaeda, para que reescriba sus memorias que un colega no pudo terminar al haberse, sospechosamente, suicidado. Tal como lo plantea Roman Polanski es todo una invitación a la reflexión sobre una denuncia política muy vigente y que alude, de una u otra forma al ex primer ministro del Reino Unido Tony Blair, con quien colaboró el autor Harris en sus primeras campañas electorales. Polanski se ha cuidado mucho de hacer comentarios al respecto y sobre las intenciones de su película, aunque sí afirmó: "pasamos por una época sombría de la historia de la humanidad. La vitalidad y el optimismo de los años 60 hace mucho tiempo que dejaron de existir". Un ambiente nocivo, infecto, corrosivo, se desprende de El escritor, donde el poder y la corrupción dominan un intenso plano en el que la ley es un instrumento para el beneficio de determinados intereses. Como la vida misma. El sarcasmo del desenlace de esta película desnuda la propia denuncia: nadie, ni el mismo director, puede escapar del peso de la justicia para la que todos somos iguales.

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